6 de octubre - 2026

Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Por Vicente Morales Pérez
Hay fechas que se escriben en el calendario y otras que se quedan escritas en la conciencia de los pueblos. El 2 de octubre de 1968 pertenece a estas últimas. Han pasado más de cinco décadas desde aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pero México continúa pronunciando una frase que ha atravesado generaciones: “2 de octubre no se olvida”.
No se olvida porque detrás de esa fecha hubo jóvenes, estudiantes, familias, sueños y una generación que comenzó a cuestionar una forma autoritaria de ejercer el poder. No se olvida porque aquella tarde dejó una herida profunda en nuestra historia. Pero, sobre todo, no debe olvidarse porque las naciones que pierden la memoria corren el riesgo de repetir aquello que alguna vez las lastimó.
El movimiento estudiantil de 1968 fue mucho más que una protesta universitaria. Miles de jóvenes comenzaron a exigir libertades públicas, diálogo, respeto a los derechos ciudadanos y límites frente al poder. Desde las universidades y las calles emergió una generación dispuesta a preguntar, cuestionar y participar en los asuntos públicos de México.
Aquellos jóvenes entendieron algo fundamental: la democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes. También significa poder hablar, disentir, organizarse, manifestarse y cuestionar a quienes ejercen la autoridad.
El 2 de octubre, durante un mitin en Tlatelolco, una operación en la que participaron fuerzas del Estado terminó en disparos, persecuciones, detenciones y muerte. Durante años, buena parte de lo sucedido permaneció entre silencios oficiales, versiones contradictorias y una larga exigencia de verdad y justicia.
Por eso, “2 de octubre no se olvida” dejó de ser únicamente una consigna estudiantil. Se convirtió en una advertencia histórica dirigida al poder.
Nunca más la fuerza por encima del diálogo.
Nunca más el silencio como respuesta a la inconformidad.
Nunca más un Estado que considere enemigo a quien piensa diferente.
Ésa es una de las grandes lecciones que debemos recuperar desde el presente.
La Cuarta Transformación ha colocado en el debate público una revisión crítica de numerosos episodios y prácticas del pasado mexicano. Desde esta perspectiva, el poder público debe entenderse como servicio y no como privilegio; la autoridad debe acercarse al pueblo y no alejarse de él; las instituciones deben escuchar y no silenciar.
En ese contexto, tiene especial significado que el 2 de octubre de 2024 el Estado mexicano reconociera oficialmente la matanza de 1968 como un crimen de lesa humanidad. Ese reconocimiento no puede modificar lo ocurrido ni devolver el tiempo a las familias afectadas, pero representa un acto institucional de memoria y una obligación hacia el futuro: aquello no debe repetirse.
Sin embargo, recordar el pasado también exige congruencia en el presente.
Quienes participamos en MORENA y compartimos los principios de la Cuarta Transformación debemos entender que condenar el autoritarismo de ayer implica rechazar cualquier expresión autoritaria hoy. No podemos reivindicar el derecho de los jóvenes de 1968 a disentir y después incomodarnos cuando las nuevas generaciones cuestionan nuestras propias decisiones.
La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Una democracia verdadera se demuestra cuando somos capaces de pensar diferente sin convertirnos en enemigos; cuando gobierno y oposición confrontan argumentos dentro de las instituciones; cuando los ciudadanos pueden cuestionar a sus representantes; cuando los periodistas investigan, los estudiantes preguntan y la sociedad participa.
El poder democrático no debe temer a la crítica. Debe aprender de ella.
Desde el Congreso del Estado de Tlaxcala, esta reflexión también debe interpelarnos. Quienes tenemos temporalmente una representación popular debemos recordar que una curul no nos coloca por encima de la ciudadanía. Nos obliga a escucharla.
Las instituciones tienen sentido cuando abren sus puertas al pueblo, cuando permiten que las diferencias encuentren cauces democráticos y cuando convierten las demandas sociales en discusión, legislación y políticas públicas.
México necesita juventudes que pregunten, que debatan, que estudien, que participen y que no acepten automáticamente todo aquello que les decimos quienes ejercemos alguna responsabilidad pública. Una juventud crítica no representa un problema para la democracia; representa una de sus mayores fortalezas.
México ha cambiado profundamente desde 1968. Tenemos una sociedad más plural, nuevas instituciones, mayores espacios de participación y herramientas de comunicación que aquella generación difícilmente habría imaginado.
Recordar el 2 de octubre no significa permanecer atrapados en el pasado. Significa utilizar la memoria para construir un futuro distinto. Un México donde nunca más una voz crítica sea silenciada.
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