21 de agosto - 2026

Columna invitada
Hay una regla no escrita de la política: nadie gasta tiempo, dinero, estructura y esfuerzo en atacar a quien va en segundo o en tercer lugar. Se ataca a quien representa una amenaza real. Se ataca a quien va adelante.
Cuando una candidatura es irrelevante, se le ignora. Cuando no representa peligro, se le deja avanzar. Pero cuando comienza a convertirse en la opción que puede cambiar el rumbo de una elección, entonces aparecen las campañas de desprestigio, los rumores, las descalificaciones, los ataques en redes sociales y toda clase de maniobras para intentar frenarla. Eso es lo que está ocurriendo en Tlaxcala.
Ana Lilia Rivera Rivera se ha convertido en la principal amenaza para el grupo gobernante. Y no porque ella lo diga, sino porque las mediciones y el respaldo que ha venido construyendo la colocan en una posición que incomoda a quienes pretenden conservar el control político del estado. Por eso la guerra sucia, los ataques y la desesperación.
Y por eso también la intención de construir, desde las estructuras del poder, una candidatura alternativa que permita mantener intacto el proyecto político que durante años ha girado alrededor de una misma familia y de una misma élite.
Durante décadas, Tlaxcala ha conocido apellidos, grupos y familias que han encontrado la manera de permanecer en los espacios de decisión. Cambian los cargos, cambian los discursos y cambian las siglas, pero las redes de poder permanecen.
Ana Lilia Rivera no representa únicamente la posibilidad de que cambie una candidatura. Representa la posibilidad de que cambie quién decide, quién manda y quién se beneficia del poder en Tlaxcala. Eso es lo que realmente está en disputa.
No se trata solamente de Ana Lilia contra Alfonso. Se trata de transformación contra continuidad. De una renovación del poder contra el hecho de que una élite pretenda perpetuarse en él.
Cuando quienes han tenido el poder durante décadas descubren que pueden perderlo, suelen hacer una de estas dos cosas: intentan convencer a la gente o intentan impedir que alguien más llegue.
La primera opción es parte de la democracia. La segunda se llama miedo y desesperación. En este segundo caso, por eso es la guerra sucia, la operación política, los ataques y la preocupación del grupo gobernante.
No porque Ana Lilia Rivera vaya en segundo lugar, sino porque está en el primero. En esa perspectiva, los ataques continuarán, eso es predecible. Sin embargo, esos ataques están diciendo mucho más de quienes los realizan que de la persona a quien pretenden desacreditar.
Dicen, por ejemplo, que en la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros ya existe más que una preocupación. Hay una desesperación por perder el poder, a tal grado de que su propia casa, la Casa de Gobierno, fue convertida en un búnker de propaganda para su favorito, el alcalde con licencia Alfonso Sánchez García.
¿Qué más vendrá contra quien está en el primer lugar? Por el tiempo que le queda al grupo gobernante, tal vez solo la resignación de sus opositores internos. Y con ello, la incertidumbre de lo que vendrá una vez que, por fin, dejen el poder gubernamental.
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx

