17 de agosto - 2026

Por Juan Manuel Cambrón Soria
Durante algunos meses, desde la comisión de asuntos electorales del Congreso de Tlaxcala se habló de una reforma electoral. Hubo foros, mesas, participaciones de partidos políticos, especialistas, autoridades electorales y ciudadanos. Se abrió el micrófono, se tomaron fotografías, se pronunciaron discursos sobre la importancia de escuchar todas las voces y construir nuevas reglas para nuestra democracia.
Después de semejante preámbulo, uno podía esperar una reforma de cierto calado o al menos, medianamente importante, pero no; ya que la iniciativa presentada por el Diputado Silvano Garay, que reforma diversos artículos de la Ley de Instituciones y Procedimientos Electorales se quedó muy corta. En esencia se concentra en cuestiones procedimentales: cuándo comienza el proceso electoral, en qué fechas deben registrarse las candidaturas, qué documentos deberán presentarse y cuánto tiempo tendrá la autoridad para revisar y resolver esos registros.
¿Estas modificaciones podrían calificarse como inútiles?, pienso que no; contribuyen en cierta medida a reducir burocracia innecesaria y definir con precisión tiempos electorales para aumentar certeza, y hasta ahí nada más.
Pretender etiquetar eso como una reforma electoral de fondo, resulta excesivo, mentiroso y desproporcionado; toda vez que dicha propuesta no mejora nuestra democracia ni modifica las reglas del sistema electoral; se queda tres escalones abajo en el tenor de procedimientos y administración de una elección.
Tlaxcala tiene asuntos mucho más importantes que discutir en la materia, por ejemplo ¿Por qué no abordar seriamente la revocación de mandato para quien ocupa la gubernatura? Si desde el discurso oficial se sostiene que el pueblo pone y el pueblo quita, sería interesante convertir la consigna en derecho y ponerlo en la constitución. O bien, ¿por qué no construir mecanismos realmente eficaces contra los actos anticipados de campaña, cuando llevamos meses viendo bardas, espectaculares, recorridos, eventos y toda clase de ocurrencias para hacer campaña sin llamarle campaña? ¿Por qué no fortalecer al ITE para que una queja electoral no duerma durante meses en algún escritorio mientras la conducta denunciada continúa produciendo efectos? ¿Por qué no entrarle de fondo al uso político de los programas sociales y de los recursos públicos, a la fiscalización, a las condiciones de equidad en la competencia o a las reglas bajo las cuales partidos y candidaturas deben competir?
Ahí hay una reforma electoral de fondo, y las propuestas están en el seno de la comisión de asuntos electorales, simple y sencillamente las omitieron para presentar una propuesta pírrica y descafeinada. La pregunta inevitable sobre los foros realizados en el Congreso es: ¿para qué sirvieron? Los ejercicios de parlamento abierto adquieren sentido si las opiniones expresadas son tomadas en cuenta y se integran en la propuesta final; de otra manera, se convierten en escenografía política, en simulación donde se aparenta que se escucha todos, agradecen la participación y después hacen lo que tenían planeado desde un principio; es decir, los foros con la participación de ciudadanos y fuerzas políticas los usan como meros instrumentos de legitimación de una decisión previamente tomada por el partido del régimen y sus rémoras electorales.
Una reforma que aspire a ser profunda trastoca intereses, modifican incentivos, promueve equilibrios, impulsa derechos y libertades, clarifica reglas, limita abusos y obligan también a quienes ejercen el poder a someterse a nuevas reglas estableciendo límites. El Congreso de Tlaxcala tuvo frente a sí una buena oportunidad para discutir qué democracia queremos rumbo a 2027, para revisar lo que funciona, corregir lo que no funciona y cerrar espacios a prácticas que todos conocemos, aunque algunos prefieran fingir que no existen; sin embargo, en lugar de eso, tendremos una reforma pequeña, administrativa y políticamente cómoda.
Al final de la historia, con tantos foros, tantas mesas, tantas voces y tantos discursos, cuesta trabajo no llegar a una conclusión: para tanta expectativa, la reforma quedó demasiado chiquita, o lo que es lo mismo, mucho ruido y pocas nueces.
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