El error sería cerrar el tablero
23 de junio - 2026

Columna Invitada

La sucesión de 2027 no tendría que reducirse demasiado pronto a una disputa entre dos proyectos. Ampliar la competencia puede ser la mejor forma de proteger la unidad, fortalecer a la coalición y cuidar el legado político de Lorena Cuéllar.

Las sucesiones políticas no se vuelven peligrosas porque existan demasiados aspirantes. Se complican cuando se instala la idea de que solamente dos personas tienen derecho a competir y todos los demás están obligados a escoger bando.

Eso comenzó a dibujarse en Tlaxcala el domingo 21 de junio.

En pocas horas, el estado presenció dos expresiones políticas relevantes: una movilización que colocó a Alfonso Sánchez García en el centro de los reflectores y, más tarde, el informe legislativo de Ana Lilia Rivera, acompañado por figuras nacionales de Morena y reiterados llamados a preservar la unidad. No puede hablarse todavía de una ruptura definitiva, pero tampoco sería responsable fingir que todo permanece igual. La competencia dejó de ser discreta y comenzó a ordenar a los grupos alrededor de dos polos.

Alfonso Sánchez y Ana Lilia Rivera tienen trayectoria, estructura y argumentos legítimos para participar. El problema no son sus aspiraciones. El problema sería convertir la sucesión en un duelo anticipado donde cada respaldo se interprete como una declaración de guerra contra el otro grupo.

La política binaria suele producir un ganador, pero también puede fabricar una larga lista de agraviados.

Por ello, la discusión importante no consiste únicamente en determinar quién tiene hoy más movilización, más relaciones o mejores números. La pregunta verdaderamente estratégica es quién podrá conservar unidos a los distintos componentes del movimiento después de que se conozca el resultado.

Esa interrogante también debería ocupar al gobierno estatal.

Para la gobernadora Lorena Cuéllar, el cierre de su administración no solamente estará relacionado con las obras realizadas, los programas impulsados o los resultados de gobierno. También será evaluada por la manera en que conduzca la transición política.

Una sucesión ordenada fortalecería su legado. Una confrontación interna prolongada podría contaminarlo.

Por eso, permitir una competencia más amplia no representaría una pérdida de control. Al contrario: demostraría seguridad, madurez y capacidad de conducción.

Los liderazgos débiles cierran puertas por temor a lo inesperado. Los liderazgos fuertes construyen reglas porque confían en que pueden mantener unido al proyecto cualquiera que sea el resultado.

Hay, además, un dato que debería evitar conclusiones prematuras. Una medición de TResearch publicada en junio coloca a Morena al frente de la intención partidista con 37.8%. Sin embargo, cuando la encuesta presenta directamente los nombres de Alfonso Sánchez y Ana Lilia Rivera, 29.5% responde que todavía no sabe por cuál de los dos decidirse.

Sería incorrecto afirmar que ese porcentaje pertenece automáticamente a una tercera persona. Los indecisos no son propiedad de nadie.

Pero también sería un error político ignorar lo que esa cifra significa: la conversación todavía no está cerrada.

Existe una parte considerable del electorado que no ha encontrado una respuesta definitiva entre los dos proyectos que actualmente concentran la atención. Ese espacio puede permanecer indeciso, alejarse de la coalición o encontrar representación en una alternativa capaz de hablarle sin incorporarse a la confrontación existente.

En ese punto adquiere relevancia Salvador Santos Cedillo.

El Partido Verde ya planteó formalmente la inclusión del presidente municipal de Huamantla en la medición para definir la candidatura al gobierno del estado. No se trata de una ocurrencia surgida después de los acontecimientos del domingo, sino de una posición pública que el PVEM había formulado desde abril.

Santos Cedillo tampoco llega únicamente con una aspiración personal. Demoscopia Digital registró en mayo de 2026 una aprobación de 51.4% para su gestión municipal en Huamantla. Una evaluación municipal no equivale, desde luego, a una candidatura estatal competitiva. Sin embargo, sí constituye un antecedente suficiente para que su perfil sea observado, contrastado y medido con seriedad.

Su posible valor político no radica en presentarse como enemigo de Morena ni como aspirante contrario a la gobernadora.

Radica precisamente en lo opuesto.

Salvador puede convertirse en una opción compatible con el proyecto estatal, cercana a la coalición y, al mismo tiempo, con identidad propia. Puede representar al Partido Verde sin asumir un discurso de ruptura. Puede dialogar con la estructura de Morena sin pretender someterse a sus divisiones internas. Y puede acercarse a sectores ciudadanos que hoy observan la competencia entre Alfonso y Ana Lilia sin sentirse plenamente incorporados.

Para conseguirlo, deberá demostrar que su alcance supera las fronteras de Huamantla, que tiene una agenda para todo el estado y que posee capacidad para construir acuerdos con fuerzas políticas distintas.

No bastará con proclamarse como alternativa.

Tendrá que acreditar que puede sumar territorio, gobiernos municipales, ciudadanía y estabilidad a la coalición.

Pero justamente para eso sirven las mediciones.

Incluirlo no significaría entregarle la candidatura ni convertirlo anticipadamente en favorito. Significaría permitir que los datos determinen si su perfil tiene posibilidades reales de crecimiento.

Si no logra demostrar competitividad, el Partido Verde tendría elementos objetivos para tomar una decisión y contribuir a la unidad.

Si obtiene respaldo relevante, la coalición descubriría que posee una carta adicional para ampliar su base electoral.

Y si resultara mejor posicionado de lo esperado, excluirlo dejaría de ser una decisión política prudente y se convertiría en un costo innecesario.

El papel de la gobernadora debe analizarse con especial cuidado.

No se le estaría pidiendo que abandone a Morena, que desconozca a alguno de sus liderazgos o que incline anticipadamente la sucesión en favor del Verde. Se le estaría planteando algo más sensato: que permita que todos los aliados con posibilidades acreditables participen bajo reglas conocidas.

No se trata de pedirle que elija a Salvador Santos.

Se trata de que no descarte una opción antes de conocer su verdadero tamaño.

Esa decisión podría darle a Lorena Cuéllar una posición más sólida: no como integrante de una facción, sino como la dirigente capaz de garantizar que la coalición llegue completa a 2027.

El Verde tampoco debería cometer el error de presentarse como beneficiario de una división. Su oportunidad no está en celebrar el enfrentamiento entre dos grupos, sino en ofrecer una salida que reduzca las tensiones.

Salvador Santos tendría que hablar de continuidad con resultados, de colaboración institucional, de respeto a la gobernadora y de apertura hacia todas las expresiones del movimiento.

Su mensaje central no puede ser el desplazamiento.

Debe ser la integración.

Tlaxcala no necesita una candidatura construida desde el agravio ni una nueva trinchera dentro del oficialismo. Necesita una opción capaz de sumar sin desconocer lo que ya se ha construido.

Todavía falta tiempo para saber quién posee la fuerza suficiente para encabezar la coalición. Lo que ya puede afirmarse es que cerrar el tablero demasiado pronto solamente beneficiaría a quienes esperan una fractura.

Alfonso Sánchez y Ana Lilia Rivera ya demostraron que tienen presencia.

Ahora corresponde saber si existe alguien capaz de ampliar el juego, atraer a quienes todavía no eligen y garantizar que, una vez terminado el proceso, ninguno de los grupos quede fuera.

Tal vez Salvador Santos Cedillo todavía tenga mucho que demostrar.

Pero la política inteligente no elimina alternativas antes de medirlas.

Las pone a prueba.

Porque en una sucesión tan delicada, la opción más útil quizá no sea la que consigue derrotar a los otros aspirantes, sino la que hace posible que todos permanezcan del mismo lado después de la decisión.