25 de julio - 2026

Columna invitada
En la vida pública existen actos protocolarios y existen actos que, sin necesidad de discursos grandilocuentes, modifican la manera en que se observa a un territorio. La presentación de la Feria Internacional del Arte Efímero y la Dalia Huamantla 2026 parece pertenecer a este segundo grupo.
La presencia de la secretaria de Turismo del Gobierno de México no puede analizarse únicamente como una asistencia institucional. Quien ocupa esa responsabilidad administra una agenda nacional, atiende destinos estratégicos y representa la política turística del país. Por ello, cada aparición pública comunica prioridades.
Cuando una funcionaria de ese nivel participa en la presentación de una feria municipal, el mensaje trasciende al evento mismo. Lo que se reconoce no es solamente un programa artístico o una cartelera; se reconoce la capacidad de un municipio para posicionar su patrimonio cultural como un activo de interés nacional.
Huamantla ha construido durante décadas una identidad propia. Sus alfombras efímeras, la tradición de la noche que nadie duerme, la flor de la dalia y el trabajo de cientos de artesanos forman parte de un patrimonio que hoy encuentra nuevas oportunidades para proyectarse.
Sin embargo, el patrimonio por sí solo no garantiza visibilidad. Hace falta gestión. Hace falta establecer puentes institucionales y convertir las tradiciones en proyectos capaces de atraer visitantes, inversión y atención nacional.
En ese sentido, el gobierno municipal ha conseguido colocar a Huamantla en una conversación más amplia. La feria deja de ser un acontecimiento exclusivamente regional para convertirse en una carta de presentación del estado ante el país.
Ese resultado también habla del estilo de gobierno. Hay administraciones que esperan ser invitadas a las mesas donde se toman decisiones. Otras prefieren construir las condiciones para llegar por mérito propio.
La imagen de la presentación resume precisamente esa diferencia: un municipio que dialoga de manera directa con las instituciones federales para impulsar uno de sus principales activos culturales.
Más allá de simpatías políticas, vale la pena reconocer cuando una estrategia de promoción logra que un destino local gane presencia nacional. Al final, quienes obtienen el beneficio son los prestadores de servicios, los comerciantes, los artesanos y miles de familias cuya economía depende del turismo.
Las ferias terminan. La reputación de una ciudad permanece. Y esa reputación comienza a construirse cuando otros dejan de mirar al municipio como un actor local para empezar a reconocerlo como un referente nacional.
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