El pueblo es bueno
19 de septiembre - 2023

Por Felipe Hernández Hernández

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que el poder reside esencial y originalmente en el pueblo, de tal manera que al pueblo le corresponde elegir a sus gobernantes mediante los procedimientos establecidos en las leyes en la materia. En términos coloquiales se dice el pueblo pone y el pueblo quita.

Esta afirmación significa que si los gobernantes no cumplen con su deber y/o faltan a la promesa constitucional de velar por el bienestar del pueblo y ajustar sus actos a lo dispuesto por la legislación vigente podrían ser depuestos del cargo.

En los hechos esto no es tan fácil. Afortunada y desafortunadamente.

Es afortunado porque la función de gobierno entraña una gran complejidad y la autoridad electa debe tener el tiempo suficiente y necesario para demostrar que sus acciones son en beneficio de la colectividad, de que se orientan a la solución de los problemas sociales y a generar mejores condiciones de vida.

Es desafortunado porque en muchas ocasiones quienes son electos a un cargo público son personas que gozan de gran popularidad, pero que carecen de las capacidades necesarias para resolver la compleja problemática social, distribuir de forma racional y sensible el gasto público y organizar de manera adecuada los recursos disponibles, de modo que sus acciones se basan en ocurrencias, decisiones abruptas y dejan de pensar en el bienestar colectivo y solo deciden a favor del grupo o partido con el que se sienten comprometidos, y concluyen su período sin mayor responsabilidad.

Una expresión que en los últimos años ha estado presente en el discurso oficial de los políticos en el poder es que todo se hace a favor del “pueblo bueno” y que éste reconoce dónde están los servidores públicos comprometidos con la ciudadanía y donde están los oportunistas que buscan confundir a los ciudadanos y obtener algún cargo público solo para su beneficio.

En la afirmación de pueblo bueno se alude, sin decirlo, que son buenos los que están de acuerdo con el discurso oficial, lo que aceptan lo que se les dice sin cuestionamiento alguno, los que respaldan sus acciones solamente por quien las dice, sin reflexionar sobre la naturaleza o beneficio real para la colectividad.

Esto de suyo es una afrenta para la naturaleza humana, para los ciudadanos, como si se creyera que las personas no tienen capacidad de raciocinio o de discernimiento de las cosas.

En tanto que el “pueblo no bueno” es el que cuestiona, el que exige a los funcionarios que resuelvan las necesidades colectivas, los que piensan diferente, los que esperan que sea un gobierno para todos y no para unos cuantos.

En el caso reciente que ha ocurrido en nuestro estado sobre un casco de protección empleado por el titular estatal de protección civil que lleva una imagen donde se observa a una silueta de mujer en un tubo, en lugar de los emblemas institucionales, se justificó desde el más alto nivel diciendo que lo usó porque lo importante era atender una emergencia, porque se lo dio uno de sus subalternos y él no se dio cuenta.

Pensando que fuera cierto lo anterior, sin conceder que así haya ocurrido, uno se pregunta ¿y qué hacía un casco con esas imágenes en el inventario de esta dependencia? ¿por qué tiene esas imágenes? ¿habrá otros más? ¿y si lo hubiera utilizado otro empleado? ¿lo habrían defendido también? ¿o ya estaría despedido?

Por otro lado, en la negación de las autoridades estatales sobre el proyecto del autotrén para Tlaxcala, afirmando, incluso ante las autoridades judiciales federales, de que no hay tal proyecto, también se desestima la inteligencia de los cientos de tlaxcaltecas que se han opuesto a esta ocurrencia de graves daños para el medio ambiente y para la hacienda pública.

Todas estas situaciones generan mayor desconfianza en los ciudadanos sobre los servidores públicos, los políticos y los partidos, acentuando la cuestionada reputación que la sociedad tiene de estos actores sociales, pero sobre todo produce una desesperanza de que las cosas puedan ser diferentes, dando por sentado que así sea hombre o mujer, adulto o joven, las cosas seguirán iguales porque quien llega al cargo público hará lo mismo que los anteriores.

El error es pensar que el “pueblo bueno” no se da cuenta de los dislates de las autoridades. Es un pueblo bueno, no un pueblo tonto.

Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx”