3 de julio - 2026

Columna invitada
Las palabras, atribuidas a Beatriz Paredes Rangel al referirse a Ana Lilia Rivera Rivera, no retratan un arrebato de carácter. Retratan una estrategia política. La ex gobernadora regresó a Tlaxcala y sale a la luz pública, a los reflectores, para evitar que Ana Lilia Rivera Rivera gobierne el estado.
No hay otra explicación para el activismo que ha desplegado en los últimos días. La presentación de su libro fue el pretexto. El verdadero objetivo es la sucesión de 2027. Sabe que el gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros, pese a estar a 13 meses de su conclusión, entró prematuramente en su etapa de desgaste y que el vacío político siempre termina siendo ocupado por alguien. Ella quiere ser quien ordene esa nueva disputa.
Por eso conversa con priistas, panistas, empresarios, exfuncionarios y también con morenistas. No intenta reconstruir al PRI, sino que intenta construir una mayoría que impida que Ana Lilia Rivera se convierta en la candidata de Morena y, después, en gobernadora.
El cálculo no es menor. Beatriz sabe que Ana Lilia no sólo encabeza distintos ejercicios de opinión pública, sino que representa el perfil con mayor identidad con el proyecto nacional de la Cuarta Transformación. Si Morena mantiene su fortaleza electoral, derrotar a su candidatura sería mucho más complicado que impedir que llegue a ella. Ese es el fondo de la batalla.
Sin embargo, Beatriz Paredes enfrenta una realidad distinta a la que conoció durante décadas. Antes bastaban los acuerdos entre unos cuantos para definir el rumbo político de Tlaxcala. Hoy el peso de Morena, la influencia de la Presidencia de la República y el respaldo ciudadano modificaron las reglas del juego. La operación política sigue contando, pero ya no alcanza por sí sola.
La exgobernadora conserva prestigio, relaciones y capacidad de interlocución. Nadie sensato podría negarlo. Lo que ya no conserva es la facultad de decidir el futuro político del estado desde una oficina o una reunión privada, como lo hizo en el pasado traicionando incluso a su partido, el PRI, apoyando siglas y proyectos diferentes.
Eso lo pueden decir Joaquín Cisneros Fernández, Mariano González Zarur y, más recientemente, la senadora Anabell Ávalos Zempoalteca
¿A quién pretende impulsar Beatriz Paredes? La respuesta es clara: a Alfonso Sánchez García. Su activismo no sólo busca cerrar el paso a Ana Lilia Rivera, también contribuye a construir las condiciones para que el alcalde con licencia se convierta en la opción de continuidad de las élites políticas que durante décadas gobernaron Tlaxcala, independientemente de las siglas.
Ahí radica la verdadera paradoja. La principal figura histórica del priismo tlaxcalteca no estaría trabajando para reconstruir al PRI, sino para respaldar un proyecto político ajeno a su partido. La diferencia es que ahora su apuesta tiene un propósito mucho más profundo: impedir que una dirigente surgida de la izquierda y plenamente identificada con el proyecto de la Cuarta Transformación llegue al gobierno estatal.
El fondo de esta disputa no es entre PRI y Morena. Es entre dos formas de entender el poder. De un lado, quienes consideran que los acuerdos entre grupos tradicionales deben seguir definiendo el futuro de Tlaxcala. Del otro, quienes sostienen que la decisión corresponde a la ciudadanía y que la renovación política debe ser real.
Quizá por eso aquella frase cobra hoy un significado distinto. «Ella nunca será gobernadora» no expresa únicamente una animadversión personal. Es la consigna de una vieja clase política que se resiste a perder el control del estado. Beatriz Paredes sabe que 2027 puede significar el relevo definitivo de las élites que dominaron Tlaxcala durante décadas. Y por eso ha decidido volver a la escena. La pregunta es si los tlaxcaltecas también están dispuestos a regresar al pasado.
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