2 de noviembre - 2026

Por Juan Manuel Cambrón Soria
A mediados de los noventa México atravesaba una de sus crisis económicas más profundas. Recuerdo con especial afecto a un profesor del COBAT 10 de Apizaco, el contador Fernando Corona Pintor, quien me acercó a las páginas de la revista Proceso; aquellas lecturas me mostraron un país de contradicciones, injusticias, luchas sociales y personajes que se atrevían a desafiar al poder. Fue ahí donde conocí la historia del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Durante mis primeros años como estudiante de Ciencias Políticas, mientras formaba mi criterio político, recuerdo que varios compañeros buscaban afiliarse al PRI, porque ahí estaban las oportunidades, los espacios y las posibilidades de construir una carrera política, era aparentemente, el camino natural para quien aspirara a dedicarse a la política.
Sin embargo, en lo personal había comenzado a mirar en otra dirección. La lucha de Cárdenas, su valentía para romper con el régimen y su empeño por democratizar México despertaron en mí la convicción de entender que la política no tenía por qué ser solamente el arte de acercarse al poder; también podía ser la decisión de enfrentarlo cuando las circunstancias lo exigieran. Así comenzó mi historia con el Partido de la Revolución Democrática, a contracorriente; y después de tantos años, con aciertos, errores, victorias y derrotas, creo que buena parte de mi vida política ha transcurrido precisamente así.
Por eso, la muerte del ingeniero me conmueve especialmente. No solamente despedimos a uno de los protagonistas de la transición democrática mexicana; personalmente despido a alguien que, sin conocerme, contribuyó a despertar mi vocación política.
Pero hay una dimensión todavía más profunda de su partida. Para quienes somos perredistas, Cuauhtémoc Cárdenas no representa simplemente al fundador de un partido; es el referente histórico y moral de una generación que decidió desafiar al autoritarismo y construir una alternativa democrática desde la izquierda. Su nombre está indisolublemente ligado al nacimiento de nuestra identidad política.
En 1988 encabezó un movimiento ciudadano que cimbró las estructuras del régimen de partido hegemónico. Aquella elección, marcada por la célebre caída del sistema y las denuncias de fraude, abrió una etapa de movilización social que cambiaría la vida pública nacional. Un año después nació el PRD, y bajo su liderazgo confluyeron distintas expresiones de izquierda, movimientos sociales, luchadores democráticos y miles de ciudadanos que encontraron en el sol azteca una esperanza de cambio. Por ello, el PRD no nació de una concesión del poder. Nació de la inconformidad, de la resistencia y de la convicción de que México merecía elecciones libres, instituciones democráticas y gobiernos sometidos a la voluntad ciudadana.
La identidad del PRD se explica por una historia de lucha, una memoria colectiva y el liderazgo indudable de Cuauhtémoc Cárdenas, cuya contribución a la democracia trascendió nuestras siglas. La apertura electoral, el fortalecimiento del pluralismo y la conquista del gobierno capitalino mediante el voto popular en 1997 forman parte de un cambio político profundo.
Es verdad que el ingeniero se distanció del PRD y abandonó sus filas en 2014. Sería deshonesto omitirlo. Pero las diferencias nunca podrán borrar su lugar en nuestra historia, al tiempo que nos obligan a reflexionar sobre nuestros errores y la responsabilidad de mantener vivas nuestras causas fundacionales.
En Tlaxcala, donde el PRD conserva su existencia como partido político local, asumimos con orgullo la responsabilidad de ser depositarios de ese legado, somos una de las últimas trincheras desde las cuales se mantiene viva la historia del sol azteca y lo que significó para la democracia mexicana. No se trata solamente de preservar unas siglas o un registro electoral, sino de defender una memoria, una identidad y parte de la historia que nos forjó. Por esa razón, hoy que despedimos al ingeniero, los perredistas perdemos a nuestro principal referente histórico, pero no perdemos su legado; y quizás el mejor homenaje que podemos rendirle sea mantenernos fieles a las causas que nos hicieron perredistas.
Gracias, ingeniero, por abrir caminos donde antes había muros. Por enseñarnos que la democracia se conquista y que las convicciones deben defenderse, incluso a contracorriente, desde el camino más sinuoso, el de oponerse al poder y a los poderosos, el de enfrentar a quienes detentan las instituciones y se las abrogan como propias, el de la denuncia firme de los abusos sobre quienes menos tienen y el de exponer las triquiñuelas de aquellos que hacen negocios al amparo del gobierno para enriquecerse… ese es el camino más difícil y en ese brega hemos andado.
Descanse en paz, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

