29 de octubre - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz
La reciente visita de Ariadna Montiel, dirigente nacional de Morena, a Tlaxcala dejó una estampa que raya en el absurdo político. Vino a marcar la ruta de organización rumbo a 2027, a alinear las estructuras territoriales y a exigir el respaldo a Ana Lilia Rivera.
Pero los principales mandos del morenismo tlaxcalteca, aquellos que presuntamente llevan las riendas del partido, no aparecieron, ni como protagonistas ni en la fotografía política. Y en Morena, donde se presume la unidad, las ausencias comunican otra cosa, aunque digan que tienen militancia.
La dirigencia estatal, encabezada por la extremadamente gris Jaina Daniela Flores Meneses, quedó fuera del centro de la escena. ¿Un asunto de agenda? ¿Un descuido? ¿Una llamada de las jefas?, me inclino por la última. Pero cuando la dirigencia nacional llega, establece una ruta de trabajo con Ana Lilia y coloca la organización territorial bajo su coordinación, el episodio adquiere otra lectura: el lorenismo ya no puede dar por sentado que controla las decisiones de Morena en Tlaxcala. Punto.
Porque Morena tiene dos expresiones, aunque probablemente nadie se atreva a reconocerlo abiertamente. Unos están con Ana Lilia y otros con Lorena. Y no necesariamente se van a separar del partido; en política, la credencial se conserva mientras se busca por debajo del agua una salida de emergencia. Para eso, algunos tienen doctorado en pragmatismo y hasta maestras de lujo, como Beatriz Paredes.
El encuentro del 23 de octubre no fue una simple reunión de cortesía. La dirigencia nacional anunció que alinearía las estructuras partidistas y territoriales con la coordinación estatal encabezada por Ana Lilia Rivera. Dicho en español de la política del perverso régimen, el trabajo en los municipios, las comunidades y los distritos tendrá una nueva referencia. Y si esa estructura se convierte en organización electoral, el movimiento de piezas será mucho más importante que cualquier discurso de unidad.

Ahí está el manotazo de Ariadna Montiel sobre el tablero tlaxcalteca. No hace falta que alguien anuncie una ruptura ni que se expulse a nadie para entender que el centro de gravedad se está desplazando. La pregunta es si las decisiones del próximo proceso electoral seguirán pasando por Casa de Gobierno o si la dirigencia nacional ya decidió que las candidaturas no se palomearán en el escritorio de la gobernadora.
Eso sí, tampoco confundamos un golpe político con una derrota definitiva. Lorena Cuéllar conserva el poder del gobierno estatal, los recursos institucionales y una red de actores políticos que construyeron su carrera al amparo de su administración. Y eso, eso no es poca cosa. Una cosa es que le acoten el control partidista y otra, muy distinta, que pierda de un día para otro toda capacidad de operación. Darla por políticamente liquidada sería tan precipitado como creer que una fotografía de unidad resuelve las diferencias internas.
Lo que sí resulta curioso es la manera en que buena parte de la cobertura local presentó el encuentro: unidad, coordinación, trabajo territorial y más unidad. Todo muy bonito, muy institucional y muy propio de un boletín que jamás se atrevería a preguntar quién manda realmente. Porque la pregunta incómoda sigue ahí: ¿quién toma las decisiones en Morena Tlaxcala y qué papel tendrá la dirigencia estatal en la nueva etapa?
El mensaje público de Rivera, difundido el 26 de octubre, habla de construir una ruta común y de traducir los acuerdos en hechos. La frase es correcta; ahora falta ver si la unidad se convierte en algo más que un mensaje. Porque en política todos son compañeros hasta que llega el reparto de candidaturas. Ahí es donde se descubre quién comparte el proyecto y quién solamente compartía la mesa.
Mientras tanto, el lorenismo queda acotado en la estructura partidista, pero no necesariamente desarmado en el gobierno. Y a la mandataria le urge conservar influencia en la sucesión. ¿Por qué? Porque el relevo político no solamente define quién ocupará la silla principal de Palacio; también condiciona el futuro de quienes hoy toman decisiones, administran espacios y han construido su trayectoria alrededor del grupo gobernante.
El poder no suele preparar su propia despedida con una sonrisa y una caja de mudanza. Busca continuidad, pero sobre todo protección política y, si puede, garantías de que el cambio de administración no se convierta en una revisión incómoda de lo que hizo durante su gestión.
Y Lorena trae una larga cola que le pisen, por eso seguro no escatimará en proporcionar recursos, estructura y dinero, mucho dinero para garantizar su futura seguridad. Eso si, dinero del erario, no el suyo…no confundamos.
En ese contexto, es legítimo preguntar qué proyecto intentará impulsar Lorena y con qué grupo buscará mantener influencia. No tengo idea, ni quiero especular, lo único que puedo asegurar es que Ana Lilia no será.
Lo que sí podemos observar es que las encuestas publicadas hasta ahora han colocado a Rivera Rivera en posiciones relevantes, aunque no todas coinciden y cada una utiliza escenarios y metodologías diferentes. Una medición de GobernArte, levantada entre el 10 y el 15 de octubre, le asignó 40.3 por ciento en un escenario con cuatro perfiles para la gubernatura; otras mediciones ofrecen cifras distintas. No hay razón para convertir una encuesta en profecía, pero tampoco para ignorar que la senadora con licencia ya fue designada coordinadora estatal y que la dirigencia nacional está articulando la organización territorial alrededor de ella.
Y si ese proceso se consolida, habrá que preguntarse qué será de Marcela González, el propio Poncho, Ever Campech, Vicente Morales, el niño Aponte, Jaina Daniela y tantos otros que apostaron su futuro político a la continuidad del grupo gobernante. ¿Tienen estructura propia, capital político y trabajo territorial suficiente para sobrevivir a un cambio de mando? ¿O su principal activo ha sido la cercanía con quien despacha en Palacio?
Porque una cosa es tener poder cuando se gobierna y otra muy distinta conservarlo cuando ya no se tiene la llave de la oficina. Los cargos se terminan, las lealtades se ponen a prueba y los que ayer juraban caminar juntos descubren, de pronto, que tienen una excelente razón para caminar en otra dirección.
No incluyo a Madai, porque como buena corredora ya galopó a las enaguas de Ana Lilia, dicen que, en política, hay que saber cambiar de caballo a tiempo. Su acercamiento con la hoy coordinadora de la defensa del bla bla bla, contrasta con la lealtad que durante años mantuvo hacia Cuellar Cisneros, lo cierto es que hoy Madai no sería nada, pero nada sin la todavía mandataria.
Y no es la única: en cuanto el viento cambia, aparecen los conversos, los reconciliados y los que aseguran que siempre estuvieron del lado correcto de la historia. ¡Qué memoria tan selectiva tiene la política!
Eso sí, Ana Lilia haría bien en revisar con cuidado a quienes ahora se acercan a su proyecto. Algunos de los que hoy se presentan como aliados fueron funcionarios de los que dejaron mucho que desear, por decirlo elegantemente. El capitalista de clóset y el florero, por ejemplo, no se vuelven buenos funcionarios por cambiar de fotografía ni adquieren méritos administrativos por encontrar una nueva sombra donde cobijarse.
Y aquí viene la parte que más debería preocupar a los que hoy se sienten seguros: si el grupo de Lorena pierde capacidad de decisión dentro de Morena, ¿cuántos de sus integrantes seguirán defendiendo el proyecto con la misma pasión? ¿Cuántos descubrirán que siempre tuvieron diferencias? ¿Cuántos se convertirán en los más fervientes promotores de Ana Lilia? La respuesta no está en los discursos, sino en los movimientos que veremos durante los próximos meses.
En política se dice que no existen la lealtad ni el agradecimiento, sino los intereses. Tal vez sea una exageración, pero la sucesión de Tlaxcala ofrecerá una buena oportunidad para comprobarlo. El manotazo ya se dio; falta saber si alcanzará para cambiar el tablero o si quienes hoy parecen desplazados encontrarán la manera de seguir jugando.
Porque en este juego nadie quiere quedarse fuera de la fotografía. Y menos cuando se acerca el momento de repartir las candidaturas.
¡Todos tras el hueso!
@olaizmau

