15 de octubre - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz
El hartazgo con Morena no significa que el PRI y el PAN hayan dejado de ser lo que fueron, ni que MC represente una alternativa convincente. El verdadero reto hoy es aprender a votar por personas, no por colores, y dejar de ser cómplices de una democracia que se compra, se manipula y se simula.
Aunque muchos coincidimos en que Morena representa una de las mayores decepciones políticas de los últimos tiempos, ¿hacia dónde nos movemos entonces?
¿Regresamos al PAN y al PRI, los partidos de los que muchos huimos por sus excesos, sus escándalos de corrupción y su desconexión con la sociedad? Tampoco parece una buena opción. Porque, seamos honestos, ni el blanquiazul ni el tricolor han cambiado lo suficiente para garantizar que aprendieron la lección. Y la ironía es que varios de los protagonistas de aquella política que tanto criticamos hoy militan en Morena, donde encontraron una nueva oportunidad para continuar sus carreras.
¿Entonces apostamos por Movimiento Ciudadano? Tampoco termina de convencer. Las controversias de gestión en gobiernos como los de Nuevo León y Jalisco obligan a revisar sus resultados, más allá de sus campañas publicitarias y su discurso de renovación. Porque la política no se califica por sus jingles llamativos ni por sus videos en redes sociales, sino por su capacidad para resolver problemas.
¿Y si mejor no votamos? ¡Tampoco! La abstención no castiga automáticamente al gobierno; incluso puede favorecer a quien dispone de estructuras electorales organizadas y recursos para movilizar a sus simpatizantes. No votar no significa necesariamente rechazar el sistema: puede significar dejar que otros decidan por nosotros.
Así llegamos a una conclusión que reconozco es un sueño guajiro, o mojado, pero que tiene toda la lógica del mundo. Votar por los mejores candidatos, sin importar el partido que los postule. Empezar a exigir candidatos de excelencia a los institutos políticos y no solo improvisados, amigos, compadres o adinerados.
Los electores debemos, si o si, evaluar su trayectoria, preparación, honestidad, resultados e independencia frente a los grupos de poder. No votar por Morena porque nos ofrecen un apoyo, ni por el PAN o el PRI por nostalgia, ni por MC porque se presenta como una opción diferente. Votar por quien demuestre ser el más capaz para desempeñar el cargo, no importando los colores que vista.
El problema es que esa decisión exige ciudadanos electoralmente pensantes y maduros, dispuestos a investigar, comparar y cuestionar.
Hay que revisar quién es el candidato, qué ha hecho, de dónde viene, qué intereses representa y quién financia su proyecto. Y ahí comienza nuestra propia responsabilidad, porque resulta demasiado cómodo reclamar políticos corruptos o simples comparsas del poder sin revisar qué tanto contribuimos para que lleguen a los cargos.
La compra del voto es uno de los ejemplos más vergonzosos de esta relación perversa. Operadores que ofrecen dinero, despensas, materiales de construcción o favores a cambio de sufragios, y ciudadanos que aceptan el intercambio como si vendieran cualquier mercancía.
No se trata de culpar a quienes viven en condiciones de necesidad, sino de señalar a quienes se aprovechan de ella. Pero tampoco podemos ignorar que vender el voto por unas cuantas monedas puede terminar costándonos lo que hoy ya nos cuesta Morena…Mentira, descalificación, polarización, miseria, un sistema de salud en crisis, una educación terrible, inseguridad, servicios deficientes y oportunidades perdidas.
Lo mismo sucede con el uso perverso de los programas sociales. Los apoyos públicos no son regalos de Morena, del PRI, del PAN ni de ningún gobernante, son recursos financiados por la sociedad y deben entregarse conforme a la ley. Presentarlos como dádivas personales o amenazar a los beneficiarios con retirárselos si votan por otra opción constituye una forma de manipulación que degrada la democracia. Nadie debería tener que agradecerle electoralmente a un gobernante o a su partido por recibir un apoyo al que tienen derecho.
El clientelismo también alcanza a líderes comunitarios y dirigentes que negocian el respaldo de sus pueblos a cambio de candidaturas, cargos o prebendas. Entregan la voluntad de sus comunidades como si fuera propiedad privada y luego presumen su capacidad de convocatoria. Eso no es liderazgo, es utilizar las necesidades y la confianza de la gente como moneda de cambio.
A esta distorsión se suma la aplicación desigual de las reglas electorales. Mientras la ley establece límites y obligaciones, la propaganda anticipada, la promoción personal disfrazada y las ventajas que ofrece el aparato gubernamental evidencian como algunos actores juegan con reglas distintas. Las denuncias deben investigarse y las sanciones aplicarse conforme a derecho, pero si algo hemos visto en los últimos meses es todo lo contrario, autoridades electorales por completo entregadas al régimen.
En la elección de 2027, México necesita evitar que morena vuelva a concentrar un poder legislativo sin contrapesos efectivos. Esto no significa entregar automáticamente los congresos a la oposición, sino impedir que haya una mayoría electoral que haga lo que le dé la gana. Los legisladores deben representar a los ciudadanos, no convertirse en simples levanta dedos de sus dirigentes o de la responsable del poder ejecutivo.
¿Estamos listos para ello? Desafortunadamente No.
Aunque resulta indispensable revisar con lupa a cada aspirante, especialmente a quienes buscan una diputación federal o local, la realidad de la pasividad del elector es incuestionable.
El preguntarnos ¿Qué ha hecho? ¿Qué sabe? ¿Qué resultados puede presumir? ¿Tiene independencia para cuestionar a su propio partido cuando una decisión perjudique a la sociedad? ¿Representará a sus electores o a quien le consiguió la candidatura? Aunque suenan lógicas y prudentes, difícilmente nos las hacemos.
Para Muestra lo que pasa Hoy. Usted puede preguntarle a quien sea, ¿quién es su diputado federal?, ¿quién es su diputado local?, y la gran mayoría no tiene ni la menor idea y ni le importa no saberlo.

¿Es realista esperar que millones de mexicanos cambien de pronto su manera de votar? No, ni cerca. La pobreza, la desinformación, la polarización y los intereses políticos no desaparecerán de un día para otro. Pero aceptar que nada puede cambiar sería renunciar de antemano a cualquier posibilidad de mejora. La madurez electoral comienza cuando dejamos de votar por costumbre, miedo, resentimiento o conveniencia, y empezamos a exigir resultados, honestidad y capacidad.
México no necesita regresar ciegamente al pasado ni entregar el futuro a quienes prometieron transformarlo y terminaron reproduciendo, y hasta superando, muchos de los vicios de gobiernos anteriores.
Necesitamos de una ciudadanía que entienda que ningún partido tiene el monopolio de la honestidad, que los programas sociales no compran lealtades y que la democracia no se reduce a depositar una boleta cada tres o seis años.
La salida no sea Morena, ni el PRI, ni el PAN, ni Movimiento Ciudadano. Tal vez, la salida sea una mezcla de todos ellos, los mejores hombres y mujeres de cada uno de sos partidos. Debemos de dejar de tachar todo morena, eso nos ha hecho mucho daño como nación, como democracia. Debemos aceptar la responsabilidad de elegir y exigir mejores candidatos. Porque si seguimos cambiando de partido sin cambiar nuestra manera de votar, terminaremos reproduciendo el mismo desastre con distintos protagonistas.
Si ya comprobamos que cambiar de partido no garantiza cambiar de gobierno, ¿estamos dispuestos a cambiar nosotros como electores?
Porque los políticos pueden mentir, comprar voluntades y torcer las reglas, pero mientras los ciudadanos sigan premiando esas conductas con su voto, la democracia mexicana continuará atrapada en el mismo círculo vicioso.
El problema de México no es solamente que sus políticos no estén a la altura de sus ciudadanos. Es que, demasiadas veces, los ciudadanos tampoco hemos estado a la altura de las circunstancias.
En la próxima elección, o nos comprometemos a hacer un cambio radical en nuestra manera de votar, o seguiremos viviendo lo que hoy vivimos, una clase política dominante, una minoría rapaz, que decide, ejecuta y cambia lo que le de la gana, sin importar como lastima al ciudadano y sin una visión clara a favor de la nación.
Insisto, suena utópico y hasta irrisorio, pero si seguimos haciendo lo mismo, el resultado no va a cambiar….Lo que hoy vivimos lo votamos, somos en parte responsables. Está en nosotros cambiar el rumbo del juego.
Así de sencillo.
@olaizmau
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