21 de septiembre - 2026

Por Juan Manuel Cambrón Soria
La soberanía es el derecho de una nación a gobernarse a sí misma, decidir su destino y hacer cumplir sus leyes sin someterse a la voluntad de otro Estado. En México, ese principio no es abstracto, es resultado de una historia marcada por invasiones, despojos territoriales, presiones económicas e intervenciones extranjeras.
Frente a Estados Unidos, defender nuestra soberanía adquiere una dimensión particular; porque la relación entre ambos países es inevitable, estratégica y profundamente desigual, sin embargo, la relación bilateral antes que subordinación exige cooperación, ya que compartimos más de tres mil kilómetros de frontera, una intensa integración comercial y problemas comunes como migración, narcotráfico, el tráfico de armas y seguridad regional.
Bajo esta lógica, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum hace llamados para defender la soberanía nacional, en su calidad de jefa del Estado mexicano, además de correcto, pienso que es una idea que debemos compartir. Quien en su sano juicio y como mexicano se opondría al rechazo a las amenazas, presiones o acciones unilaterales de cualquier gobierno extranjero. Sin titubeos ni cálculos partidistas, respaldamos la idea de que ningún país puede ingresar a nuestro territorio, realizar operaciones sin autorización o pretender decidir quién debe gobernar México.
No obstante, lo que definitivamente no se pude acompañar es que se pretenda convertir a la soberanía en una arenga electoral. La soberanía le pertenece a México, no a Morena, tampoco es patrimonio de la llamada Cuarta Transformación, ni puede reducirse a una consigna repetida en mítines, asambleas partidistas o en la estructura de la gira de la presidenta por los estados de la república. Resulta inaceptable que ese discurso se utilice para dividir artificialmente al país entre quienes supuestamente “defienden a la patria” y quienes, por cuestionar al gobierno, son acusados de servir a intereses extranjeros.
El partido del régimen, organiza asambleas en las que mezcla la defensa de la soberanía con la promoción de su proyecto político, los logros de sus gobiernos y su estrategia rumbo a las elecciones de 2027. Esa apropiación es equivocada y peligrosa: convierte una causa nacional en instrumento de partido y pretende colocar a millones de mexicanos fuera de la patria por el simple hecho de pensar distinto.
Hay además una contradicción todavía más delicada e incluso curiosa, y es que el discurso soberanista parece que se activó con mayor fuerza a partir de que Estados Unidos presentó acusaciones contra políticos vinculados al oficialismo. Ahí están Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza, incluidos en una acusación formal presentada por fiscales estadounidenses por presuntos delitos de narcotráfico y armas. También está el caso de Marina del Pilar Ávila, gobernadora de Baja California, a quien Estados Unidos revocó la visa junto con su entonces esposo, y por tratarse de la gobernadora de un estado fronterizo, el hecho ameritaba transparencia y esclarecimiento inmediato. En ese contexto, la respuesta del Estado mexicano no puede limitarse a descalificar las acusaciones como injerencistas ni a cerrar filas alrededor de los señalados, parece que el resorte que los impulsa es la protección partidista automática.
Defender la soberanía no significa aceptar como verdaderas todas las acusaciones de Washington; pero nuestro país debiera asumir tiene la obligación de investigar con seriedad, en lugar de deslindar a priori. Entre la sumisión y el encubrimiento existe un camino: el Estado de derecho.
Hay que decir con claridad que la verdadera soberanía se fortalece cuando nuestras instituciones son capaces de investigar a cualquier persona, incluso a gobernadores, legisladores, ex presidentes o dirigentes del partido en el poder, se llamen como se llamen; por el contrario, la posición del gobierno se debilita cuando confunde la defensa de México con la protección a ultranza de los suyos.
La presidenta Sheinbaum, puede y debe tener el respaldo de las y los mexicanos en la defensa de la patria, siempre desde la investidura presidencial; pero ello no debe mezclarse o confundirse como lo hacen con frecuencia los morenistas, que piensan que defender a la patria es estar del lado de Rocha Moya. A México se le defiende con firmeza frente al extranjero, pero también con verdad, justicia y rendición de cuentas dentro de nuestras fronteras; la soberanía nacional no tiene dueño, no tiene colores y y mucho menos tiene partido.
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