10 de septiembre - 2026

Hay palabras que tienen un significado tan importante como para convertirse en propaganda electoral.
Por Mauricio Hernández Olaiz
En México llevamos ya varios años viendo cómo el régimen de la llamada Cuarta Transformación se apropió de conceptos que pertenecen a todos, los repite hasta el cansancio, los convirtió en bandera política y los ha dejado tan manoseados que ya casi nadie se atreve a utilizarlos sin sentir que está entrando, voluntaria o involuntariamente, al terreno discursivo de Morena.
Corrupción, impunidad, transparencia, austeridad, bienestar… palabras que alguna vez representaron exigencias ciudadanas, principios de gobierno y obligaciones institucionales, hoy parecen formar parte de un diccionario particular de la 4T.
Si hay una palabra que Andrés Manuel López Obrador convirtió en combustible político durante décadas fue precisamente la de la Corrupción.
Desde que comenzó su larguísima carrera electoral, AMLO encontró en la corrupción el villano perfecto, era la explicación de todos los males del país y, al mismo tiempo, el enemigo que él estaba dispuesto a combatir como nadie antes. El mensaje era sencillo y electoralmente impecable, los gobiernos anteriores eran corruptos, por eso México estaba tan mal; nosotros somos diferentes, por eso México estará mejor.
Ya instalado en Palacio Nacional, aquella promesa alcanzó niveles casi religiosos. López Obrador llegó incluso a sacar un pañuelo blanco en una de sus mañaneras para asegurar que arriba ya no había corrupción. Un pañuelo blanco, nada menos. El símbolo perfecto de la pureza política.
Pero apareció Segalmex y aquello del pañuelito comenzó a parecer más un acto de magia que una política anticorrupción. El organismo creado durante el gobierno de López Obrador terminó convertido en uno de los mayores escándalos de su administración, con miles de millones de pesos involucrados en irregularidades y con el propio expresidente reconociendo al final que Segalmex era la gran “mancha” que se llevaba de su sexenio.
Y así podríamos seguir con observaciones de la Auditoría Superior de la Federación, contratos, adjudicaciones directas como nunca antes, obras, compras, fideicomisos, empresas favorecidas, organismos cuestionados y una larga colección de episodios que hacen bastante difícil sostener aquella imagen de un gobierno que había conseguido limpiar al país con un pañuelo blanco.
Lo más interesante, sin embargo, no es solamente que la corrupción haya continuado, sino que la palabra misma terminó desgastándose. Hoy hablar de corrupción se escucha sesgado, fantasioso y hasta mentiroso, el combate a la corrupción ya nadie se la creé, Morena la aniquiló.
Con la impunidad ocurrió algo parecido. El movimiento llegó prometiendo acabar con ella, porque la impunidad era presentada como una de las grandes enfermedades del viejo régimen. El problema es que ocho años después seguimos teniendo casos en los que los poderosos parecen caminar por una avenida distinta a la del ciudadano común, y el mejor ejemplo tiene nombre y apellido…Andy López Beltrán. La palabra impunidad, por supuesto, sigue apareciendo en los discursos, pero ya tiene el mismo problema que corrupción: se convirtió en un instrumento político antes que en un verdadero objetivo de gobierno.
Lo de la transparencia no tiene madre…ni nombre, sin duda es la más irónica de todas. Mientras el discurso oficial se llenaba la boca con el uso faccioso de la palabra, con la promesa absoluta de su cumplimiento, el régimen impulsó transformaciones institucionales que debilitaron o desaparecieron organismos autónomos que justamente habían sido creados para garantizar el acceso ciudadano a la información y la rendición de cuentas. Es difícil no advertir la contradicción: se gritaba transparencia mientras se reducían los instrumentos que permitían exigirla.
Austeridad. El Chiste se cuenta solo, que mas podemos agregar. Saludos Josefina.
Pero si hay una palabra que sufrió una auténtica sobredosis durante estos años, esa es la del bienestar.

Bienestar por aquí, Bienestar por allá, programas para el Bienestar, Secretaría del Bienestar, pensiones para el Bienestar, becas para el Bienestar, apoyos para el Bienestar… Gas bienestar, mercado del bienestar….solo faltó la “Taquería para el Bienestar” y seguramente también habría fracasado.
La palabra apareció tanto en la propaganda oficial que terminó convertida en una especie de logotipo verbal del régimen. Y aquí la pregunta es inevitable: ¿bienestar para quién?
Porque sí, los programas sociales pueden ayudar a millones de personas y sería absurdo negar que una transferencia económica puede representar un alivio real para una familia; pero bienestar no puede reducirse a recibir un depósito. Bienestar también es poder caminar por la calle sin miedo, tener medicamentos cuando se necesitan, acceder a educación de calidad, conseguir un empleo digno, vivir en una comunidad segura, tener instituciones que funcionen y contar con un gobierno que resuelva problemas en lugar de convertirlos en una oportunidad para hacer propaganda.
Por eso la palabra terminó también secuestrada. Hoy “Bienestar” suena tanto a lenguaje oficial que pareciera que cualquiera que la utilice está obligado a rendirle cuentas a la 4T.
Y como aparentemente todavía quedaban palabras disponibles en el diccionario, ahora llegó la nueva favorita: soberanía nacional.
Dos palabras que, por supuesto, son importantes, pero que están comenzando a sufrir el mismo tratamiento que las anteriores. Hay una presión de Estados Unidos, aparece la soberanía; hay una crítica, aparece la soberanía; hay un señalamiento, aparece la soberanía; hay que responder a una declaración incómoda, otra vez soberanía. La presidenta Claudia Sheinbaum la ha colocado de manera recurrente en el centro de su discurso y volvió a hacerlo en su Segundo Informe de Gobierno, donde aseguró que “la soberanía no se negocia, no se entrega y no se comparte”.
Nadie sensato podría estar en contra de defender la soberanía nacional; el problema empieza cuando una palabra que debería utilizarse con precisión termina convertida en comodín para responder prácticamente a cualquier cuestionamiento.
Porque la soberanía nacional no es un conjuro mágico que se pronuncia cuando una pregunta resulta incómoda. No es una estampita que se pega sobre un escándalo para tapar el mugrero de los consentidos. No es una palabra reservada para el gobierno en turno ni una especie de propiedad intelectual de Morena.
La soberanía tiene una dimensión histórica, constitucional, territorial, económica y política enorme; precisamente por eso utilizarla como muletilla propagandística termina reduciendo su verdadero significado.
Lo verdaderamente preocupante de todo esto es que Morena no solamente ha utilizado determinadas palabras como banderas electorales; las ha repetido tanto que terminó desgastándolas. Corrupción ya no provoca necesariamente la indignación que debería provocar porque durante años fue utilizada como garrote político. Impunidad dejó de ser una exigencia universal y se convirtió en un concepto que parece aplicarse dependiendo de quién esté siendo señalado.
Transparencia se volvió una palabra sospechosa cuando viene acompañada de instituciones cada vez menos capaces de garantizarla. Bienestar terminó pareciendo el nombre comercial de una política social. Y ahora soberanía nacional corre el riesgo de seguir exactamente el mismo camino.
Pero para un servidor ese es el gran problema de fondo de la muy mala llamada cuarta transformación. Han repetido tanto las palabras que ya casi nadie les cree cuando las pronuncian, las han manoseado tanto que se han desgastado y por ende han perdido su real significado…..yo creo que eso era lo que en verdad buscaban desde el principio…
Lamentable…
@olaizmau
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx

