27 de julio - 2026

Por Juan Manuel Cambrón Soria
Ayer publiqué un mensaje expresando mis condolencias por el fallecimiento del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya, que evidentemente no era un posicionamiento político, sino simplemente, un acto de respeto hacia un personaje de la vida pública local.
Entre los comentarios aparecieron algunos de tipo ofensivo, celebrando su muerte con descalificaciones y palabras altisonantes, que rayan en lo soez. Mi primera reacción fue pensar que se trataba de bots, pero al revisar los perfiles, resulta que eran personas reales, lo cual lo vuelve inquietante, porque significa que el odio se ha instalado en el ambiente y ya no necesita ser organizado artificialmente.
Lo cual me llevó a preguntarme, que está pasando en el mundo que el respeto se pierde ante un dolor humano, o bien, que provoca que una discusión política deja de serlo, que las personas están dejando de confrontar argumentos para descalificarse mutuamente, o que las diferencias ideológicas dejan de interpretarse como naturales y el adversario se convierte en alguien indigno de respeto.
El politólogo Shanto Iyengar, denomina a este fenómeno polarización afectiva;es cuandolas personas ya no sólo discrepan sobre las soluciones a los problemas públicos, sino que desarrollan rechazo, desprecio e incluso odio hacia quienes pertenecen al otro grupo político. Y esto no es un fenómeno exclusivo de México, ocurre en Estados Unidos, Europa, América Latina y prácticamente en cualquier democracia donde la política ha sido sustituida por la lógica de la confrontación permanente. La investigadora Jennifer McCoy lo define como la polarización perniciosa, aquella que divide a la sociedad en dos bloques irreconciliables que dejan de reconocerse mutuamente como interlocutores legítimos.
Pareciera que en estos tiempos lo que se construye es un ambiente donde ya no existen matices y sólo existen buenos y malos, patriotas y traidores, conservadores y transformadores, comunistas y capitalistas, chairos y fifís; las etiquetas cambian según el país y la ideología, pero el mecanismo es el mismo, la crítica al grupo propio se siente como un ataque contra uno mismo, la discusión desaparece y es reemplazada por la defensa tribal.
Desde mi punto de vista, esos son terrenos fangosos, porque esta dejando de importar las razones del otro, y lo que se vuelve importante es derrotarlo, destruirlo, humillarlo.
Hay que decir que las sociedades no se polarizan espontáneamente, es producto de una estrategia deliberada desde el poder, da igual si son de izquierda o de derecha, el acento se coloca en cultivar los disensos, dividir deliberadamente a la población entre quienes representan el bien y quienes encarnan el mal.
Durante años, desde la Presidencia de la República, esa lógica adquirió carácter institucional. La conferencia matutina ha convertido la división entre «el pueblo» y «los adversarios» en una herramienta cotidiana de comunicación política, tan ese así que día tras día se fue construyendo una narrativa donde periodistas, jueces, empresarios, organizaciones civiles, académicos políticos y ciudadanos críticos eran colocados, según la necesidad del momento, del lado de quienes supuestamente obstaculizaban la transformación del país.
En un país como el nuestro, el eco de las palabras de un presidente está más allá del término de una conferencia, retumban, viajan, se repiten, se normalizan. Incluso descienden de la tribuna a las redes sociales; de las redes a la sobremesa familiar; de ahí a las conversaciones cotidianas y, poco a poco, terminan moldeando la forma en que millones de personas miran a quienes piensan distinto.
Por eso no me preocupan únicamente aquellos comentarios celebrando una muerte, me inquieta lo que representan y lo que está oculto en cada insulto. Detrás de cada descalificación hay una narrativa que enseñó a dividir el mundo entre privilegiados y abandonados; entre la elite malvada y el pueblo bueno; y detrás de cada muestra de deshumanización hay un discurso que convenció a alguien, a una persona de carne hueso de que el adversario político merece menos respeto que cualquier otro ciudadano. Eso es gravísimo, porque está reflejando una fractura que transitó de la arena política a la sociedad, donde las personas comienzan a perder la capacidad de sentir compasión por quien piensa distinto, y por mucho que alguien le incomode, hay que decir que ninguna transformación, de izquierda o de derecha, puede llamarse verdaderamente democrática si necesita sembrar odio para mantenerse viva.
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