4 de septiembre - 2026

Columna Invitada
Durante los últimos 50 años en Tlaxcala han cambiado los gobiernos, los partidos en el poder y los discursos. Lo que no cambia es que algunos nombres permanecen en el escenario político de cada tres y seis años. Es decir, en el poder tlaxcalteca parece haber dueños políticos que se reciclan, se heredan y se recomponen.
Alfonso Sánchez García es, en ese sentido, la expresión más acabada de una tentación que Morena debería combatir: convertir la política en asunto de familias, grupos y padrinazgos. Su principal carta no debería ser el apellido. Y mucho menos el respaldo de quien ocupa actualmente el gobierno estatal.
Lo verdaderamente grave no es que Lorena Cuéllar Cisneros, como gobernadora tenga preferencias políticas. Todas y todos los gobernantes las tienen. Pero sí lo es que esas preferencias se confundan con la capacidad institucional del gobierno para favorecer a un proyecto particular.
¿De qué sirve hablar de democracia interna, de piso parejo y de no mentir, no robar y no traicionar, si al mismo tiempo se pretende fabricar desde el poder al sucesor?
La Cuarta Transformación no llegó para cambiarle el color a las viejas élites. Llegó, al menos en su planteamiento original, para desmontarlas. Por eso resulta francamente contradictorio que quienes llegaron al gobierno bajo la bandera de combatir el régimen de privilegios terminen reproduciendo sus mismas mañas.
Sánchez García encarna esa contradicción: el intento de presentar como renovación lo que tiene el inconfundible aroma de la continuidad.
No hay transformación cuando el apellido pesa más que la trayectoria. No hay democracia cuando la cercanía con el poder vale más que el respaldo ciudadano. Y no hay piso parejo cuando unos tienen que caminar el territorio para convencer y otro tiene al gobierno entero caminando detrás de él.
Lo peor es que esta operación subestima a los tlaxcaltecas. Supone que la gente no observa, no compara y no recuerda. Supone que basta una fotografía, un evento, una declaración o una estructura oficial para fabricar una candidatura competitiva. La experiencia tlaxcalteca, sin embargo, nos ha enseñado que la ciudadanía suele distinguir entre verdadero liderazgo construido y candidatura inflada.
El verdadero desafío para Morena en Tlaxcala no es decidir entre un apellido y otro, sino decidir si quiere ser instrumento de una transformación política o vehículo para la restauración de una vieja lógica de poder.
Si después de tantos años el poder vuelve a quedar atrapado entre los mismos apellidos, con los mismos grupos y bajo las mismas prácticas, habrá que admitir una verdad incómoda: no cambió el régimen, cambió el discurso.
Una transformación que conserva las viejas prácticas deja de ser transformación. Se convierte en relevo de administradores.
Tlaxcala merece algo distinto: que el poder no se herede, no se entregue ni se negocie. Que se gane en el territorio, con trabajo, congruencia y respaldo ciudadano. Sobre todo, que nadie desde el gobierno tenga la arrogancia de creer que puede decidir por adelantado quién habrá de gobernar después.
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx

