La frecuencia del absurdo
28 de mayo - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz

Lorena Cuéllar no puede arreglar el desastre de imagen urbana en Tlaxcala… pero quiere conquistar el espectro radioeléctrico. Y en Tlaxcala ya quedó claro que el problema no era la falta de frecuencias; el problema era —y sigue siendo— la falta de rumbo.

Ahora resulta que la actual administración de Lorena Cuéllar Cisneros recibió una nueva concesión de radio para Coracyt. Sí, otra más. Como si las actuales estaciones fueran un fenómeno de audiencia.

Como si Radio Tlaxcala, Radio Altiplano y Radio Calpulalpan estuvieran marcando agenda pública, compitiendo en contenidos o siendo verdaderos referentes culturales.

La noticia la venden como “modernización”. La realidad huele más a expansión burocrática sin brújula o futuro negocio privado de algunos.

Porque antes de pedir otra frecuencia, cualquier gobierno medianamente serio tendría que responder a las siguientes preguntas básicas, pero ya sabemos que el de Tlaxcala no es ni mediano, ni serio, sino opaco y oportunista.

¿Con qué presupuesto va a operar?

¿Quién producirá los contenidos? La actual titular? Valgame dios.

¿Habrá nuevos estudios o instalaciones, o van a aventar la frecuencia igual arriba de las escalinatas?

¿Van a contratar personal, o van a poner a dobletear a Juan Carlos y personal que le acompaña? Me huele a que esto es lo que va a pasar. Simplemente repetirán el modelo actual de estaciones desdibujadas, con poca audiencia y escasa identidad pública.

Mucha foto y aplausos pero nada de lo anterior se explicó. Para no variar.

Pero quizá lo más escandaloso no es la nueva concesión. Lo verdaderamente grotesco es el antecedente.

Porque no hace mucho tiempo, este mismo gobierno, con estas mismas señoras entregaron la señal de Radio Altiplano 96.5 FM al grupo de El Heraldo de México. Así, sin rubor. Una frecuencia pública convertida en repetidora privada disfrazada de “convenio”. La programación cultural desapareció y de pronto Tlaxcala amaneció escuchando contenidos comerciales ajenos a nuestro estado, gustos e idiosincrasia, simplemente alejados  de la vocación de una radio estatal.

Y entonces vino el jalón de orejas desde Palacio Nacional.

El propio Andrés Manuel López Obrador fue cuestionado públicamente sobre el tema y el Sistema Público de Radiodifusión expresó preocupación por el sentido ético de entregar una señal pública a intereses privados.

Después vino la llamada, el regaño y la reculada.

Luego de mil explicaciones. Mil justificaciones. Que no era privatización. Que era colaboración. Que era fortalecimiento. Que era temporal. Sí, claro. Radio Altiplano volvió, pero con un golpe de credibilidad del que aún no se recupera.

Es decir: primero regalaron la estación y luego tuvieron que fingir dignidad institucional para recuperarla.

Y ahora, después de semejante desastre, nos anuncian otra frecuencia como si estuviéramos frente al nacimiento de la BBC Tlaxcala. ¡amoooonoooos!

Pero el problema es más profundo: en este gobierno la comunicación pública es tan solo una herramienta de propaganda, negocio político y de pago de favores mediáticos, no es un servicio ciudadano.

Porque una radio pública no debería medirse por cuántos boletines del gobierno transmite ni por cuántas entrevistas complacientes produce. Debería servir para educar, informar, abrir debate, impulsar cultura y generar identidad comunitaria.

Pero basta escuchar unos minutos de la barra actual para entender el vacío.

Programas improvisados.

Poca producción original.

Escasa penetración social.

Nula conversación pública.

Y una dependencia absoluta de la imagen gubernamental.

Mientras tanto, Tlaxcala enfrenta inseguridad, hospitales con carencias, carreteras destrozadas y municipios abandonados. Pero al gobierno le entusiasma ampliar frecuencias como si estuviera construyendo un imperio mediático.

Eso sí: hablaron de “modernización” y hasta presumieron inversiones millonarias en Coracyt, si esa coracyt en la que su actual titular ha permitido que las tres estaciones con las que actualmente cuenta salgan del aire por desperfectos en los transmisores por la falta de mantenimiento.

Si la misma coracyt, en la que su actual titular perdió la señal de Tlaxcala Televisión porque se le olvidó pagar los derechos federales y la falta de trámites administrativos requeridos por el entonces Instituto Federal de Telecomunicaciones, ya desaparecido.

Recuperaron la señal luego de muchos arrodillamientos y de prometerle al IPN – quién la obtuvo -muchas cosas, que, por cierto, no han cumplido, y la primera piedra de la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería Campus Tlaxcala, no cuenta.

Además….hacen una presentación pedorrona, que no habla de métricas, como se debe de hacer en todo campo profesional de la radiodifusión.

¿Cuánta audiencia tienen realmente?

¿Cuál es el impacto social?

¿Cuánto cuesta mantenerlas?

¿Cuánto dinero público consumen?

¿Cuántos tlaxcaltecas las escuchan por voluntad y no porque mi coche o el taxi no traen Bluetooth?

Porque abrir otra estación pública sin resolver la crisis de credibilidad, contenidos y utilidad social es como inaugurar otra alberca en una casa sin agua.

Pero quizá ahí está la verdadera intención:

más espacios para propaganda, más estructura, más presupuesto, más control narrativo. Que en realidad ya les sirve de muy poco, pero que pueden jugar de manera relevante en la próxima elección, total con el árbitro en la bolsa, pueden hacer y deshacer, y aunque nadie escuche las estaciones, algunos pueden caer en la trampa.

Al final, el mensaje parece brutalmente claro:

no importa si nadie escucha…lo importante es seguir transmitiendo el poder, y armar un posible negocio para el futuro.

@olaizmau

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