‘Ni para la salsa’
16 de abril - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz

“Como quisiera poder vivir del aire”

Hay algo profundamente roto cuando en México una salsa cuesta más que un argumento presidencial. El jitomate, ese básico de cualquier mesa, se ha convertido en símbolo de una economía que no está fallando por accidente, sino por acumulación de errores, omisiones y una peligrosa desconexión del poder con la realidad.

Hoy la inflación en México ronda el 4.5% anual, pero ese número solo esconde lo verdaderamente grave: los alimentos están subiendo muy por encima de ese promedio.

La inflación alimentaria ya supera el 6% y, en el caso de frutas y verduras, los incrementos han sido simplemente desproporcionados. El jitomate ha registrado aumentos históricos, que superan el 60% en un solo mes y más del 120% en comparación anual.

En términos reales, en muchos mercados del país el kilo ya se acerca peligrosamente a los 100 pesos. No es un dato técnico, es un golpe directo al estómago de millones de familias. De seguir así, el jitomate estará en vitrina, como en joyería.

El pretexto del gobierno morenista  apunta, como siempre, hacia afuera. El clima, los mercados internacionales, los energéticos. Y sí, esos factores existen. Las heladas han afectado la producción agrícola y los costos globales han presionado insumos. Pero reducir la crisis a eso es, en el mejor de los casos, incompleto y, en el peor, una forma de evadir responsabilidades, tan típico en el morenismo oficialista.

Porque en México hay razones internas mucho más incómodas y mucho más determinantes. La inseguridad se ha convertido en un impuesto paralelo que nadie regula pero todos pagan. El llamado “cobro de piso” ya no es un fenómeno aislado: afecta a productores, transportistas, distribuidores y comerciantes. Cada tramo de la cadena productiva tiene un costo extra que termina reflejándose en el precio final. Lo que antes era un problema de seguridad, hoy es también un factor inflacionario.

Transportar mercancías en el país no solo es más caro por el combustible, sino por el riesgo. A eso hay que sumarle el incremento constante en las tarifas de las autopistas. Las casetas han subido sus precios en los últimos años muy por encima de la inflación general y están por volver a subir si nos que lo hicieron ya, encareciendo el traslado de alimentos en todo el territorio. Cada kilómetro cuesta más y, como siempre, ese costo no lo absorbe el sistema: lo pagamos los consumidores.

Así, entre extorsión, inseguridad y logística cada vez más cara, el precio del jitomate deja de ser una simple variación de mercado y se convierte en el reflejo de un país donde producir y mover alimentos se ha vuelto más difícil, más caro y más riesgoso.

Pero no solo se trata del jitomate, sino de la papa, la calabaza, el tomate, el arroz, frijol, bueno toda la canasta básica.

Frente a esto, la respuesta del gobierno sigue siendo preocupantemente superficial. Se insiste en que no hay razones de fondo para el incremento de precios, se apela a acuerdos voluntarios con empresas y se recurre a subsidios temporales, especialmente en combustibles, como si eso pudiera contener una presión que claramente es estructural. No hay una estrategia integral para fortalecer el campo, ni para garantizar seguridad en las rutas comerciales, ni para reducir los costos logísticos.

Para colmo el estado mexicano sostiene un conflicto que promete agravarse con campesinos y transportistas, lejos de buscar soluciones, los criminaliza, los descalifica y el resultado es que la salsa para el taco, de frijol, porque ya no alcanza para que sea con carne, ya también es un lujo. Pero la presidenta mejor fomenta el consumo del frijol…¿Para qué quieren carne?…

Lo peor es que el frijol también mantiene un precio elevado para la canasta básica, mientras que a los productores se les paga menos, lo que revela un grave problema en la cadena de suministro, de eso precisamente es de lo que se quejan hoy los campesinos, pues solo se benefician los coyotes y acaparadores, pero a esos el morenismo no los toca, para muestra la clara falta de regulación por parte del gobierno.

Para colmo las respuestas y pretextos de la presidenta rayan en lo absurdo, suenan y tal vez son burla, pero respuestas de control o estrategias de mitigación no tiene. Imagínese usted que tuvo que ordenar al secretario de Hacienda a ir a un mercado para ver si en verdad los precios están como se dice. No hay mayor evidencia de la desconexión de la realidad de los responsables de crear la estrategia económica….Estamos jodidos.

Y es que el problema ya no es solo la inflación. Es la negación. Es pretender que el fenómeno es pasajero cuando en realidad está anclado en fallas profundas del modelo económico y de gobernabilidad. Mientras tanto, el crecimiento del país sigue siendo casi nulo, apenas rozando el 1% en el mejor de los casos, lo que agrava aún más la pérdida del poder adquisitivo.

Y entonces la pregunta deja de ser técnica y se vuelve cotidiana. No se trata de porcentajes ni de indicadores macroeconómicos. Se trata de algo mucho más simple: ¿cuánto alcanza ya para vivir?, replanteo la pregunta ¿Cuánto alcanza ya para comer?

El gobierno puede seguir culpando al exterior, al clima o a los intermediarios. Pero la realidad es que en México hoy también se paga por la inseguridad, por la falta de estrategia y por decisiones que han dejado al mercado sin rumbo claro.

Porque cuando el jitomate se vuelve un lujo, lo que está fallando no es el campo… es el gobierno. Al rato la presidenta nos pedirá poder vivir del aire.

@olaizmau