Los tiempos de Jesús
23 de marzo - 2015

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Pbro. Ranulfo Rojas Bretón

Acercándose la llamada “Semana Santa” vale la pena asomarse en la historia a los tiempos de Jesús, tiempos que de no ser por el episodio que tiene como figura central a Jesús de Nazaret hubiese pasado como un tiempo sin mucho que relatar, porque se trataba de un lugar sin mucha importancia para el gran imperio romano, dueño del mundo. En aquellos tiempos, la Judea era apenas una pequeña porción del imperio.

Hablar del Jesús histórico siempre es apasionante porque nos remite a entornos muy especiales y a maneras de vivir la vida. Es muy probable que destaque la figura de Jesús valiente enfrentando los poderes religiosos de su tiempo y haciendo críticas muy duras a la manera de vivir escudados en la religión. Especialmente en los enfrentamientos con los grupos de poder como los Doctores de la Ley, los Escribas, los Fariseos y los Saduceos, cada uno de estos grupos con poder religioso que en una sociedad teocrática se reflejaban necesariamente en lo social.

El poder social en tiempos de Jesús estaba muy definido, era un pequeño pueblo invadido por los romanos que habían arrebatado el poder a los griegos. Los romanos siguieron una táctica de gobierno muy conciliadora, dejaban la organización social tal como la encontraban a condición de que esas autoridades pagaran puntualmente los impuestos que el Cesar imponía. Para garantizar el control mantenía una presencia militar que cuidaba el orden e impedía la posibilidad de un levantamiento.

Judea no era un lugar muy complicado así que respetando el reinado de los Herodes, mantenían en Jerusalén a un Procurador, -en tiempos de Jesús era Poncio Pilatos- con su destacamento militar, ahí no mandaba Herodes.

Las revueltas eran ordinarias especialmente en tiempos de las fiestas religiosas, pues era cuando llegaban muchos peregrinos de todas partes del mundo judío y era natural que también llegaran grupos de inconformes. Uno de los grupos más radical opuestos a la presencia romana fueron los Zelotas, que se hicieron famosos por asesinar con un pequeño puñal llamado “sica”, de ahí el nombre que se les da de “sicarios”. Uno de los discípulos de Jesús, “Simón” era llamado “el fanático” por pertenecer a este grupo en algún momento de su vida.

El pueblo de Israel siempre fue un pequeño microcosmos social, no se mezclaba con otras razas, mantenía su organización social a pesar de haber perdido uno de los tres pilares de su orgullo de pueblo: el reinado porque si bien en Galilea reinaba Herodes, la presencia de los romanos le hacían recordar que no tenían soberanía y mientras los romanos no fueran expulsados no podrían sentirse orgullosos de su elección divina. Mantenían el sacerdocio y el templo que eran los otros dos pilares de su constitución de pueblo pero añoraban los tiempos de soberanía. De ahí que la idea de Mesías estuviera cada día más presente. Sin embargo, el mesías que esperaban tenía más que ver con lo político que con lo religioso. Esperaban que surgiera un personaje que al estilo de Jefté, de Sansón, de Saúl, de David, de Salomón, del mismo Moisés logrará aglutinar a un gran ejército y apoyado por el poder de Dios como con las diez plagas en Egipto o con el poder de las trompetas con Josué venciera casi como el pequeño David al gigante Goliat y expulsara a los romanos de su tierra y devolviera el poder y soberanía a Israel pero además tuviera una política expansionista y sometiera a todos sus enemigos.

Las lecturas de los salmos que hablan de la restauración se entonaban en las sinagogas, los profetas se leían con la esperanza de la pronta restauración. El salmo 79 es enfático: “Escucha, Pastor de Israel, tú que guías a José como a un rebaño; tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece ante Efraím, Benjamín y Manasés; reafirma tu poder y ven a salvarnos. ¡Restáuranos, Señor de los ejércitos, que brille tu rostro y seremos salvados! Señor de los ejércitos, ¿hasta cuándo durará tu enojo, a pesar de las súplicas de tu pueblo? Les diste de comer un pan de lágrimas, les hiciste beber lágrimas a raudales; nos entregaste a las disputas de nuestros vecinos, y nuestros enemigos se burlan de nosotros. ¡Restáuranos, Señor de los ejércitos, que brille tu rostro y seremos salvados!”

La promesa de la llegada del mesías era un tema presente y en la conciencia del pueblo se albergaba la posibilidad de su aparición de un día a otro. Hubo quienes se auto proclamaron “el mesías”, algunos provocaron revueltas y más de uno terminaron ajusticiados por los romanos.

Cuando Jesús aparece predicando, fue visto más como un maestro de las escrituras como muchos había, poco a poco fue visto como un profeta y especialmente cuando lo vieron hacer milagros como la multiplicación de los panes, empezó a vérsele como “el mesías”. El mismo Juan “el bautista” manda preguntarle: “¿eres tú el que tenía que venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús cuidó mucho de no auto presentarse como el mesías, incluso a los discípulos de Juan les contesta con la profecía de Isaías: “Vayan y díganle a Juan lo que han visto: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia la buena nueva”.

Los discípulos de Jesús muchas veces coquetearon con la posibilidad de un mesías liberador que luego los catapultara socialmente. Incluso algunos como en el caso de los hermanos Santiago y Juan tomaron la iniciativa de pedirle a su mamá, tía de Jesús, que les concediera a sus hijos estar sentados uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino. Esto provocó la molestia de los demás que pensaban en una acción desleal de adelantárseles en la jugada.

Poco a poco los apóstoles irán descubriendo que Jesús como mesías tenía otro sentido y podrán experimentar en carne propia lo que significa ser seguidor de Jesús.