14 de octubre - 2026

Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Por Vicente Morales Pérez
Cada 12 de octubre, México vuelve la mirada hacia uno de los acontecimientos que transformaron para siempre nuestra historia. Durante generaciones hablamos del descubrimiento de América y del Día de la Raza. Hoy sabemos que la realidad fue mucho más compleja y que comprenderla exige escuchar también la voz de quienes habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos.
América no comenzó en 1492. Antes de las embarcaciones de Cristóbal Colón existían pueblos, ciudades, lenguas, conocimientos, sistemas políticos, mercados, creencias y culturas extraordinariamente desarrolladas. Existían también rivalidades, alianzas, guerras y proyectos políticos diferentes. Reconocerlo no significa negar lo que ocurrió después, sino comprender nuestra historia en toda su dimensión.
Por ello, desde 2020, México conmemora oficialmente el 12 de octubre como Día de la Nación Pluricultural. El cambio de nombre expresa también una manera distinta de mirarnos: México no tiene una sola raíz. Somos una nación construida por muchas culturas, lenguas, memorias e identidades.
Para quienes somos tlaxcaltecas, esta fecha tiene un significado todavía más profundo. Durante mucho tiempo se pretendió resumir la participación de Tlaxcala en la Conquista mediante una palabra: traición. Es una interpretación demasiado sencilla para explicar acontecimientos profundamente complejos.
Los antiguos tlaxcaltecas no eran espectadores pasivos de la historia. Formaban una sociedad organizada políticamente que había defendido su independencia frente al poder mexica. Cuando los españoles llegaron al territorio mesoamericano, primero hubo enfrentamientos y posteriormente una alianza determinada por las circunstancias políticas de aquel tiempo. Nuestros antepasados pensaron, combatieron, negociaron y tomaron decisiones conforme al mundo en el que vivían. Reconocerlo no significa idealizar sus decisiones; significa devolverles algo elemental: su condición de protagonistas de su propia historia.
Por eso el 12 de octubre también representa una oportunidad para que Tlaxcala reivindique el derecho de contar su pasado desde su propia mirada.
Pero esta reflexión no debe quedarse únicamente en lo ocurrido hace cinco siglos. México puede sentirse orgulloso de sus civilizaciones originarias, pero ese orgullo resultaría incompleto si no se traduce en dignidad para los pueblos indígenas que forman parte del México contemporáneo. No basta admirar zonas arqueológicas, celebrar nuestras tradiciones o recordar la grandeza de las culturas prehispánicas. Debemos preguntarnos qué estamos haciendo hoy por quienes conservan sus lenguas, sus comunidades y sus formas de entender el mundo.
Ahí se encuentra, desde mi perspectiva, el verdadero sentido contemporáneo del 12 de octubre. La memoria debe convertirse en justicia. Una nación pluricultural requiere instituciones capaces de reconocer la diversidad y políticas públicas que permitan reducir desigualdades. Significa acercar educación, salud, infraestructura y oportunidades a las comunidades; preservar las lenguas originarias; combatir la discriminación y garantizar que nadie quede atrás por su origen o condición social.
Ese principio coincide con una visión humanista de la vida pública: colocar a las personas en el centro de las decisiones y entender que el desarrollo solamente tiene sentido cuando alcanza a quienes históricamente permanecieron al margen.
Tlaxcala puede aportar mucho a esta reflexión. Nuestra tierra conserva las huellas del mundo indígena y del virreinal; de los antiguos señoríos y de las instituciones que surgieron posteriormente. Somos resultado de encuentros, conflictos, decisiones, resistencias y transformaciones. Por eso no necesitamos renunciar a una parte de nuestra historia para defender otra.
Podemos reconocer los abusos y las injusticias derivados de la Conquista sin negar los siglos de historia que siguieron. Podemos reivindicar a nuestros pueblos originarios sin convertir el pasado en una nueva fuente de división. Podemos dialogar con España desde la igualdad y, al mismo tiempo, recuperar con orgullo nuestras raíces indígenas.
Las naciones maduras no necesitan borrar su pasado: necesitan comprenderlo. A más de cinco siglos de aquel encuentro, nuestra tarea ya no debería limitarse a discutir quién conquistó a quién. El desafío de nuestra generación es construir un México donde ninguna persona sea excluida por su origen, su lengua o su identidad.
México existía antes de 1492, se transformó profundamente después de aquel encuentro y continúa transformándose hoy. Nuestra responsabilidad es conseguir que esa transformación tenga memoria, dignidad y justicia.
Porque conocer nuestra historia no significa vivir mirando hacia atrás.
Significa saber de dónde venimos para decidir, juntos, hacia dónde queremos ir.
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