16 de septiembre - 2026

Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Por Vicente Morales Pérez
Cada septiembre México vuelve a encontrarse con su historia. Recordamos a Hidalgo, Morelos, Guerrero, Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario; escuchamos nuevamente las campanas y celebramos aquel movimiento iniciado en 1810 que, después de once años de lucha, permitió el nacimiento de una nación independiente. Sin embargo, más de dos siglos después, quizá la mejor manera de recordar aquella gesta sea formularnos una pregunta diferente: ¿qué significa ser independiente en el siglo XXI?
La Independencia no consistió solamente en separarnos de España. Representó el derecho de los habitantes de estas tierras a decidir su propio destino. Hidalgo encendió la insurrección, Morelos le dio profundidad política y social, Guerrero mantuvo la resistencia y la consumación de 1821 abrió la posibilidad de construir una nación propia. Pero conseguir la independencia política no resolvió automáticamente nuestros problemas. México tuvo que aprender a gobernarse, construir instituciones, defender su territorio y encontrar, entre enormes diferencias, un proyecto común de nación.
José María Morelos entendió muy pronto que la independencia debía significar algo más. En los Sentimientos de la Nación planteó la soberanía popular, la igualdad y la necesidad de construir leyes capaces de moderar la opulencia y la indigencia. Su pensamiento conserva una enorme vigencia porque nos recuerda que una nación puede ser jurídicamente independiente y, al mismo tiempo, mantener profundas desigualdades en su interior.
Por eso independencia y justicia social deben caminar juntas. La soberanía también se fortalece cuando un joven puede estudiar, cuando un trabajador recibe un salario digno, cuando el campesino encuentra condiciones para producir, cuando las mujeres acceden a oportunidades en igualdad, cuando las familias tienen servicios públicos y cuando los adultos mayores viven con dignidad. Un país difícilmente puede mostrarse fuerte frente al exterior cuando permanece profundamente vulnerable en su interior.
Hoy la defensa de la soberanía adquiere nuevamente una enorme relevancia. México mantiene una relación extraordinariamente profunda con Estados Unidos. Somos vecinos, socios comerciales y sociedades vinculadas por millones de historias familiares y económicas. Necesitamos diálogo, comercio, inversión y cooperación, pero debemos conservar siempre una distinción fundamental: cooperación no significa subordinación.
Las decisiones fundamentales de México corresponden a los mexicanos. Podemos colaborar en seguridad, migración, economía y combate al crimen transnacional; podemos fortalecer nuestras cadenas productivas y construir acuerdos con nuestros vecinos, pero cualquier relación debe partir del respeto a nuestra Constitución, territorio e instituciones.
En ese contexto debe entenderse la defensa de la soberanía que ha planteado la presidenta Claudia Sheinbaum: coordinación y cooperación, sí; subordinación, no. No se trata de aislarnos del mundo. México necesita inversión, innovación, comercio y relaciones internacionales sólidas. Se trata de participar en el mundo con dignidad y capacidad propia de decisión.
Además, la soberanía contemporánea tiene nuevas dimensiones. Hoy debemos hablar también de soberanía energética, alimentaria, económica y tecnológica. Un país fortalece su independencia cuando produce, innova, educa, desarrolla ciencia, respalda a su campo, construye infraestructura y genera empresas capaces de competir. En un mundo donde la tecnología, los datos, la inteligencia artificial y las cadenas de suministro también representan poder, defender la soberanía exige construir capacidades nacionales.
Desde Tlaxcala también tenemos responsabilidad en esa tarea. La patria se construye desde las comunidades, escuelas, parcelas, talleres y empresas. Fortalecer el campo, generar oportunidades para nuestros jóvenes, impulsar la educación, atraer inversión y garantizar mejores condiciones de vida también significa fortalecer a México.
Cada generación enfrenta sus propias circunstancias. Hidalgo, Morelos y Guerrero respondieron a las de su tiempo. Nosotros debemos responder a las nuestras: desigualdad, inseguridad, cambio climático, competencia económica, migración y dependencia tecnológica.
Por eso septiembre debería significar algo más que recordar nuestra historia. También debe invitarnos a pensar qué estamos haciendo con la libertad que recibimos.
La Independencia fue conquistada por quienes nos antecedieron; la soberanía nunca queda garantizada para siempre. Se construye con instituciones fuertes, justicia social, desarrollo económico y ciudadanos comprometidos.
México puede dialogar con el mundo, pero debe hacerlo de pie; puede cooperar, pero entre iguales; puede integrarse económicamente, pero sin renunciar al derecho de decidir su propio destino.
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