Lorena Cuéllar se queda sola
26 de junio - 2026

Columna invitada

En política, la soledad se construye de a poco: con decisiones, con alianzas, con rupturas y con la manera en que se ejerce el poder. Hoy, la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros enfrenta una etapa en la que muchos de quienes la acompañaron, la respaldaron o formaron parte de su proyecto inicial comienzan a tomar distancia.

Es la consecuencia de una ruta política que comenzó desde los primeros años de su administración. Es decir, alejarse de una parte importante del morenismo tlaxcalteca que construyó el partido desde sus orígenes, de quienes recorrieron comunidades, organizaron estructuras y sostuvieron el proyecto político de Morena cuando todavía no representaba el poder gubernamental.

En lugar de fortalecer esa base, la decisión fue abrir espacios a perfiles provenientes de otros partidos, particularmente del PRI y del PAN, bajo la lógica de incorporar experiencia política. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de esos aliados tampoco terminaron ocupando un papel central dentro del proyecto. El resultado es una administración donde buena parte de los espacios estratégicos quedaron alejados de los grupos que históricamente han construido la vida política local.

En un estado con una fuerte identidad comunitaria como la nuestra, se han generado no pocos y severos cuestionamientos a la presencia creciente de funcionarios que no tienen origen político ni trayectoria vinculada con Tlaxcala.

El problema para la gobernadora es que sus decisiones políticas ya tienen costo. Y hoy ese costo comienza a reflejarse en un escenario donde los reclamos ciudadanos por temas como inseguridad, actos de corrupción, falta de resultados, percepción de impunidad y cuestionamientos sobre prácticas de gobierno han debilitado la narrativa de transformación que acompañó su llegada al poder.

Lo ocurrido recientemente en Atlangatepec no puede analizarse como un hecho aislado. Es parte de un ambiente social donde distintos sectores han expresado inconformidad y donde la administración estatal enfrenta el reto de responder con resultados, no únicamente con discursos.

Pero si hay un terreno donde la política suele ser implacable es en la construcción de acuerdos. Lorena Cuéllar apostó en su momento por Adán López Hernández en la contienda interna de Morena rumbo a la Presidencia de la República. Esa apuesta no prosperó. Resultado: hoy, sus versiones de cercanía y acuerdos definitivos con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para garantizar la candidatura de Alfonso Sánchez Anaya a la gubernatura, parecen formar parte más de una estrategia de posicionamiento político que de la realidad.

Un episodio reciente fue particularmente significativo. El informe de actividades de Ana Lilia Rivera Rivera como senadora reunió a figuras nacionales que acudieron a respaldar su trayectoria y su proyecto político. Más allá del evento mismo, el mensaje fue que existe un sector de Morena nacional que observa con atención la disputa política en Tlaxcala y que reconoce otros liderazgos dentro del movimiento, como el de Ana Lilia Rivera.

Sumado a ello, la ausencia de algunos actores que en otro momento estuvieron vinculados con el proyecto de Lorena Cuéllar, evidenció las tensiones internas por las que atraviesa su gobierno. Quienes durante años acompañaron a la gobernadora parecen encontrarse hoy en una posición incómoda, como es el caso de su ex secretario de Gobierno Sergio González Hernández, quien ha asumido posiciones visibles a favor de Ana Lilia Rivera.

Otros más parecen mantener una relación con la administración, pero construyen sus propios caminos políticos lejos del respaldo abierto a la mandataria y a su «delfín». Ese es quizá el mayor desafío para Lorena Cuéllar: no sólo enfrentar críticas externas, sino observar cómo se modifica el equilibrio interno de quienes alguna vez fueron parte de su equipo.

Este gobierno termina anticipadamente y no será necesario esperar a su conclusión constitucional. Termina políticamente desde el momento en que perdió la capacidad de convocar, desde que sus aliados comenzaron a calcular nuevos escenarios y desde que la sociedad dejó de reconocerlo como una alternativa de futuro.

La gobernadora llegó al poder con una amplia expectativa de cambio. Hoy enfrenta la última etapa de su administración con el desafío de recuperar confianza, entregar resultados y evitar que la historia de su gobierno sea recordada más por las divisiones y los desencuentros que por sus logros. Pero no lo conseguirá eso es seguro.

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