Soberanía de utilería
4 de junio - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz

Hay palabras que deberían ser sagradas en la vida pública. Soberanía es una de ellas.

Sin embargo, en los últimos meses el régimen ha convertido el concepto en una especie de paraguas político bajo el cual pretende resguardar a cualquiera de los suyos que sea señalado por autoridades extranjeras por posibles vínculos con el narcotráfico o la delincuencia organizada.

La respuesta siempre es la misma: soberanía.

¿Qué Estados Unidos señala a un funcionario, a un gobernante o a un personaje cercano al poder? Soberanía.

¿Qué aparecen investigaciones, reportes o acusaciones? Soberanía.

¿Qué existen dudas razonables que deberían ser aclaradas? Soberanía.

Lo curioso es que mientras se exige a los estadounidenses que presenten pruebas, el gobierno mexicano parece no tener el menor interés en investigar para demostrar exactamente lo contrario. No vemos fiscalías trabajando con especial diligencia. No vemos investigaciones exhaustivas. No vemos expedientes concluyentes que cierren bocas y despejen sospechas.

La defensa no solo consiste en probar la inocencia de los señalados mediante instituciones sólidas. La defensa consiste simplemente en pronunciar una palabra mágica: soberanía.

Pero conviene detenernos un momento.

¿Qué es realmente la soberanía nacional?

En términos simples, es el derecho de una nación a gobernarse a sí misma, tomar sus propias decisiones, ejercer autoridad sobre su territorio y determinar libremente su destino sin imposiciones extranjeras.

Es un principio fundamental. Es valioso. Es irrenunciable.

Pero jamás fue concebido para funcionar como un escudo protector de presuntos delincuentes.

La soberanía protege a la nación. A sus ciudadanos. No a los criminales.

Protege a las instituciones. No a las complicidades. Protege la independencia de un país. No la impunidad de sus gobernantes.

Luego de escuchar el duro y “comprometido” discurso de la presidenta, con motivo de la celebración del segundo año de su victoria electoral, y de la perversa injerencia extranjera y de la defensa de nuestra soberanía, parecería que el portaaviones USS Gerald R. Ford  o el  USS Nimitz  ya anclaron frente a Veracruz.

O que los helicópteros Apache ya sobrevuelan intimidantes el Valle de México. Nos hace pensar que un grupo de Rangers escala discretamente las laderas del Castillo de Chapultepec mientras los cazas F-35 cruzan el cielo nacional listos para arriar la bandera monumental del Zócalo.

Nada más lejos de la realidad.

Nadie está desembarcando marines en Mazatlán para capturar a Rubén Rocha Moya.

Nadie está preparando una invasión militar.

Nadie está planeando una ocupación extranjera.

Lo que existe son señalamientos, investigaciones, acusaciones y presiones internacionales derivadas de un problema que México no ha podido resolver: la expansión del crimen organizado y su creciente influencia en amplias regiones del país. ¡niéguemelo!

Coincido plenamente con la periodista y diputada española Cayetana Álvarez de Toledo cuando distingue entre la soberanía de una nación y la libertad real de sus ciudadanos.

¿Qué tan soberano es un país cuyos ciudadanos no pueden enfermarse porque los hospitales carecen de medicamentos, especialistas, camas y equipamiento?

¿Qué tan soberano es un comerciante que debe pagar derecho de piso para abrir un negocio?

¿Qué tan soberana es una madre que teme por sus hijos cuando salen a la calle?

¿Qué tan soberano es un transportista que circula bajo amenaza permanente de extorsión?

¿Qué tan soberano es un ciudadano que modifica rutas, horarios y costumbres para evitar convertirse en víctima de un asalto, un secuestro o un homicidio?

La soberanía no puede medirse únicamente por la presencia de ejércitos extranjeros en nuestro territorio, bueno ni siquiera por la presencia de dos agentes de la CIA.

La Soberanía debe medirse por la capacidad real de los ciudadanos para vivir libres, seguros y con dignidad.

Y es ahí donde el discurso oficial comienza a derrumbarse.

Porque si alguien ha vulnerado la soberanía cotidiana de millones de mexicanos no son los gobiernos extranjeros que hacen señalamientos desde Washington.

Han sido los gobiernos morenistas que permitieron que el miedo sustituyera a la libertad, que la impunidad sustituyera a la justicia y que el crimen organizado disputara espacios que pertenecen exclusivamente al Estado.

La verdadera soberanía no consiste en gritar más fuerte que los demás. Consiste en demostrar que las instituciones funcionan. Consiste en investigar a quien deba investigarse. Consiste en castigar a quien deba castigarse. Consiste en garantizar que ningún ciudadano viva sometido por la delincuencia.

Porque un país donde los criminales imponen reglas no es más soberano por mucho que sus gobernantes lo proclamen desde una tribuna.

Es, simplemente, un país que ha comenzado a perder el control de sí mismo.

Y conviene dejar algo perfectamente claro.

La soberanía no es de izquierdas ni de derechas. No es propiedad de Morena. No fue inventada por la Cuarta Transformación. No nació con este gobierno ni morirá cuando éste termine.

La soberanía es de todos y para todos los mexicanos.

Porque un país verdaderamente soberano pone por encima de todo el bienestar de su gente. De su gente, no de sus dirigentes.

La palabra bienestar ha sido repetida tantas veces desde el poder que parece haberse transformado en un eslogan. Una promesa que se repite diariamente, pero que millones de mexicanos cada vez encuentran menos en su realidad cotidiana.

Porque la verdadera soberanía no consiste en pronunciar discursos grandilocuentes ni en agitar banderas frente a enemigos imaginarios.

La verdadera soberanía existe cuando el ciudadano puede vivir libre, seguro, saludable y con oportunidades.

¿Quién está violando más la soberanía de los mexicanos?

¿Los que señalan nuestros problemas desde el extranjero?

¿O quienes teniendo la obligación de resolverlos han preferido administrarlos, justificarlos o simplemente ignorarlos?

Ustedes dirán….

@olaizmau

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