30 de agosto - 2026

Por Ana Lilia Rivera Rivera
Este 31 de agosto inicia un nuevo ciclo escolar para millones de estudiantes de educación básica en todo el país. En Tlaxcala, como en cada una de sus comunidades, miles de familias se preparan para acompañar a sus hijas e hijos en este nuevo camino. Vuelven las mochilas, los uniformes, los cuadernos nuevos, las prisas de las mañanas y las aulas que recuperan las voces de niñas, niños y jóvenes.
Por ello, quizá este sea un buen momento para reflexionar sobre qué significa hoy educar. Vivimos una época en la que el conocimiento se transforma a una velocidad que hace apenas unos años parecía imposible. La inteligencia artificial, la robótica, la automatización, la ciencia de datos y las nuevas tecnologías están modificando la manera en que trabajamos, nos comunicamos y resolvemos problemas.
Nuestros estudiantes vivirán en un mundo que todavía estamos aprendiendo a comprender. Por eso, la educación no puede limitarse a preparar para responder lo que ya conocemos. Tiene que enseñar a pensar frente a lo que todavía no existe.
La tecnología será una herramienta fundamental, pero nunca podrá sustituir aquello que nos hace humanos: la capacidad de razonar, de imaginar, de sentir empatía, de convivir, de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto y de tomar decisiones responsables.
Tenemos que enseñar a preguntar, a verificar la información, a reconocer los riesgos, a utilizar la tecnología con responsabilidad y, sobre todo, a pensar por nosotros mismos. Es decir, el reto educativo de nuestro tiempo es formar personas capaces de convivir con la tecnología sin convertirse en dependientes de ella.
Nuestro estado tiene una profunda historia educativa y cultural. Somos una tierra de comunidades, de tradiciones y de conocimientos transmitidos de generación en generación. Pero también somos una sociedad que mira hacia adelante. El futuro de Tlaxcala dependerá, en buena medida, de las oportunidades que seamos capaces de abrir para nuestras nuevas generaciones.
Necesitamos que una niña de una comunidad rural tenga las mismas posibilidades de aprender y desarrollar sus capacidades que cualquier estudiante de una ciudad. Necesitamos escuelas dignas, conectividad, herramientas tecnológicas, bibliotecas, laboratorios y espacios seguros para aprender. Pero también necesitamos maestras y maestros con reconocimiento, preparación y condiciones para realizar su tarea; familias que acompañen a sus hijas e hijos; y autoridades educativas que entiendan que invertir en educación es invertir en el futuro.
A nuestras madres y padres de familia quiero decirles que su participación sigue siendo indispensable. No se trata de conocer todas las respuestas ni de dominar cada nueva tecnología. Se trata de escuchar a sus hijas e hijos, preguntarles qué están aprendiendo, acompañarlos en sus dificultades y celebrar sus avances. A veces, una conversación en casa puede ser tan importante como una lección en el aula.
A nuestras maestras y maestros, mi reconocimiento y respeto. En una época en la que cualquier estudiante puede tener acceso inmediato a cantidades enormes de información, la labor docente adquiere todavía mayor importancia. El maestro sigue siendo una figura insustituible no sólo para transmitir información, sino en ayudar a comprenderla, cuestionarla y convertirla en conocimiento.
A nuestras niñas, niños y jóvenes les diría algo sencillo: no tengan miedo de preguntar. Pregunten mucho. Lean. Equivóquense. Intenten nuevamente. Utilicen las nuevas herramientas para aprender más, para crear y para resolver problemas, pero nunca dejen de desarrollar su propia imaginación y su capacidad para cuestionar.
Y a quienes tienen responsabilidades en las instituciones educativas, no hay que perder de vista que cada decisión tiene un rostro humano. Detrás de cada política educativa hay una niña que quiere aprender, un joven que sueña con una profesión, una madre que espera mejores oportunidades para sus hijos y un maestro que todos los días entra a un salón de clases con la responsabilidad de formar a una nueva generación.
Por eso, el regreso a clases no se limita al inicio de otro ciclo escolar. Representa una oportunidad para renovar nuestra confianza en la educación.
En Tlaxcala tenemos una tarea compartida: preparar a nuestras nuevas generaciones para un futuro tecnológico, sin permitir que ese futuro las aleje de su comunidad, de su historia, de sus valores y de su capacidad para convivir con los demás.
El conocimiento abre puertas y la tecnología puede ayudarnos a llegar más lejos. Sin embargo, será la educación, entendida como formación integral de las personas, la que nos permita decidir hacia dónde queremos ir.

