20 de marzo - 2023

Por Felipe Hernández Hernández
En entrevistas posteriores a la masacre de los estudiantes del 68, el expresidente Gustavo Díaz Ordaz se dijo orgulloso de su gestión y de que sus decisiones fueron para servir y salvar al país “les guste o no les guste” llegando incluso a afirmar que fueron los estudiantes los que lesionaron a los soldados y a sus propios compañeros (Ángel Soto en Milenio, 2018).
Previamente en su Informe de Gobierno del 1º de septiembre de 1968, Díaz Ordaz dijo que no estaba dispuesto a ceder ante la presión en nada que fuera ilegal o inconveniente cualquiera que llegaran a ser las consecuencias y justificó la actuación de la policía afirmando que esta debía intervenir en todos los casos que fuera absolutamente necesario, por lo que debía de proceder con prudencia, pero con energía porque la sociedad ya había gozado de amplísimas libertades y garantías para manifestarse y se había excedido.
Al comparar las respuestas que dio Díaz Ordaz y la que dijeron algunos funcionarios de Tlaxcala respecto de lo acontecido recientemente en nuestro estado, por ejemplo, sobre las estudiantes normalistas, el 8 de marzo y en Zacatelco, éstas revelan a un gobierno disfrazado de democrático, pero que en el fondo le corre una vena autoritaria; eso es lo que reflejan con su actuación y justificación los funcionarios encargados de la seguridad y la gobernabilidad.
Las enfáticas declaraciones de los funcionarios respecto de estos y otros hechos, siempre son en tenor de que fue lo correcto, de que la población se había excedido, de que las personas habían agredido a los policías, de que los gases lacrimógenos no atentaban contra las personas, de que la detonación de armas era necesaria, de que las motobombas utilizadas para dispersar a los manifestantes no agredían a nadie, de que tenían que cuidar el patrimonio local y sobre todo de que siempre se sujetaron a un “protocolo” (un protocolo hecho por ellos mismos para agredir o reprimir).
Ya lo decía Maquiavelo, refiriéndose a los gobernantes, no se puede llamar valor matar a sus conciudadanos. traicionar a los amigos, y carecer de fe y de humanidad, porque estos medios pueden llevar a conservar el reino, pero no la gloria.
Se le atribuye a Paul Joseph Goebbels, quien fuera ministro de Propaganda de Adolfo Hitler, de 1933 a 1945, la afirmación de que una mentira mil veces repetida termina por ser verdad; esta frase ha guiado la comunicación política de los gobiernos de todos los lugares, niveles y tendencias.
Con este propósito Goebbels repetía incansablemente los mensajes a favor de la ideología e intereses de Hitler a través de discursos, panfletos, carteles, radio y televisión con el fin de moldear la opinión pública de los alemanes.
Los gobiernos, especialmente los de regímenes totalitarios, fascistas y antidemocráticos, han buscado el control de la información para lo cual se han valido de la fuerza militar, policiaca, política o económica, como ha ocurrido recientemente en Venezuela, Nicaragua y Cuba. Mas no son los únicos, los gobiernos adecuan, deforman y crean conscientemente versiones distorsionadas de los hechos y las transmiten a la sociedad que, ante la repetición constante, puede terminar aceptándolas como ciertas.
Sin embargo, la frase “una mentira mil veces repetida termina por ser verdad”, aun cuando sigue siendo el dogma que guía la comunicación de los gobiernos, en la actualidad está siendo obsoleta y superada gracias a las tecnologías que permiten que las personas comuniquen, informen y conozcan de primera mano lo que acontece, casi al mismo tiempo que sucede.
En este sentido, las redes sociales contribuyen a democratizar la información y, sin abandonar a los periódicos, las revistas, la radio y la televisión, se están colocando como la alternativa de los ciudadanos para comunicarse, transmitir en tiempo real, viralizar sus intereses y dar a conocer lo que de otra manera no podría llegar a conocerse.
Esto de algún modo significa que las personas como decía Savater (2010), se asumen como ciudadanos y no como vasallos, porque los vasallos aceptan de manera pasiva las cosas porque así son, asumen sin discusión lo que digan las autoridades, mientras que los ciudadanos analizan los hechos con mayor rigor, demandan el cumplimiento de sus derechos y luchan por mejorar sus condiciones de vida.
Las personas se reconocen en la sociedad como ciudadanos, pero las autoridades los siguen tratando como vasallos. Ese es el dilema.
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx”

