Derecho a disentir
25 de noviembre - 2022

Por Felipe Hernández Hernández

Desde hace muchos años se ha reconocido que las sociedades contemporáneas son muy heterogéneas, en un mismo espacio coexisten personas con una diversidad de ideas, de concepciones sobre la vida y la sociedad misma y por tanto con una multiplicidad de preferencias culturales, políticas, religiosas, sexuales y de otro tipo.

Esta heterogeneidad hace que nuestras relaciones sociales sean muy complejas, pero al mismo tiempo sean más fructíferas y enriquecedoras, característica humana esencial, dado que un solo tipo de pensamiento, una sola forma de actuar, una sola manera de ver la vida, los hechos y la sociedad nos llevaría al fin de la humanidad. Lo cual afortunadamente no ocurrirá.

En la historia de las sociedades se encuentran muestras que dan cuenta de la intolerancia, represión y violencia ante quienes son y/o piensan diferente. Por ejemplo, el nazismo en Alemania que provocó la II Guerra Mundial, la Santa Inquisición que castigaba a quienes profesaban alguna religión diferente a la católica o el sacrificio en Japón de 26 misioneros que predicaban el cristianismo por considerarlos una amenaza para su país, por mencionar algunos.

Estos sucesos que ocurrieron hace ya muchos años, los hemos visto como cosa del pasado y por un tiempo nos hicieron pensar que era algo que, con la llegada de un nuevo milenio, el siglo XXI, no volverían a ocurrir, ahora la vida era diferente y la humanidad había aprendido lo peligroso que son los pensamientos únicos y absolutos, de tal forma que dábamos entrada a una nueva etapa con mayor libertad, tolerancia hacia los otros, respeto a la pluralidad, a la expresión de ideas y a la vida misma.

Desafortunadamente los hechos nos muestran una realidad diferente. En diversos países se observa que priva la intolerancia hacia quienes tienen una forma distinta de pensar, a veces fomentado de manera explícita o implícita por la misma autoridad; por ejemplo, en medio oriente se castiga a las mujeres que se atreven a pensar diferente o simplemente vestir como lo desean, en el continente europeo y en nuestro mismo continente americano se observa una creciente tendencia por descalificar al “otro”, por ser distinto en alguna forma, porque no coincide con sus rasgos físicos, con su misma forma de pensar o porque actúa de manera diferente, esa descalificación en algunos casos llega a la violencia extrema y se agrede al individuo por todos los medios posibles.

Este hecho es mucho más grave cuando quienes lo hacen, actúan al amparo del poder público y utilizan los medios, instituciones e instrumentos que les provee el gobierno mismo, para descalificar al otro o a los otros, reducirlos, minimizarlos o cooptarlos y hacer que se plieguen a su voluntad y deseos. De tal forma que su máxima es: “si no estás conmigo estás contra mí”.

Afirmación que refleja un pensamiento intolerante, represivo y absolutista donde predomina la falta de respeto a las principales libertades humanas y por la que han luchado miles de personas e incluso se podría afirmar que millones han muerto en la defensa de estos principios fundamentales para la convivencia humana.

En nuestro país, lamentablemente lo anterior también ocurre, se observan múltiples casos similares; el “otro” es el problema porque no es como “yo” o, peor todavía porque no actúa como yo lo deseo, su conducta no se pliega a mi expectativa, a mis deseos, a mi modo de actuar. En otras palabras, por ejercer su derecho a decidir, su derecho a pensar, su derecho a ser libre, su derecho humano de ser humano.

Algunas autoridades han justificado su actuación de múltiples maneras y ha quedado constancia en frases que se vuelven representativas de un pensamiento absolutista y represor, como son: “ni los veo, ni los oigo”, tienen “derecho al pataleo”, “tengo otros datos”, “háganle como quieran”, o bien el extremo “yo soy la autoridad”. Todas ellas reflejan la ausencia de los valores esenciales para generar una convivencia social armónica y acrecienta la distancia entre el gobernante y el gobernado.

Dichas expresiones recuerdan la frase atribuida al Rey Luis XIV, quien dijo “El estado soy yo”, de tal manera que la voluntad del gobernante es la única valida y en su persona concentra todos los atributos y potestades del estado por lo que se tiene que aceptar y hacer lo que él diga sin discusión alguna.

Cuando esto ocurre, se dejan de escuchar otras voces, se silencia la discusión, el intercambio de ideas y la reflexión colectiva porque solo hay cabida a una sola voz. Se pierde el derecho a disentir, el derecho a la libre expresión de ideas, el derecho a la libertad de pensamiento. Se pierde la característica más distintiva de una sociedad democrática: la libertad porque democracia sin libertad no es democracia.

Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx”