27 de marzo - 2026

Colaborador Invitado
Hay gobernantes que confunden el ejercicio del poder con la facultad de decidirlo todo. Y en Tlaxcala, la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros parece empeñada en demostrar que esa confusión no solo existe, sino que puede convertirse en estrategia política… aunque sea una profundamente equivocada.
La insistencia por imponer al alcalde capitalino Alfonso Sánchez García como candidato al gobierno del estado no es nueva, pero sí cada vez más evidente y, sobre todo, más riesgosa. una reciente reunión con liderazgos nacionales del Partido del Trabajo (PT) confirma lo que ya era un secreto a voces: la mandataria no está construyendo consensos, está tratando de forzarlos.
El problema es que la política real —la que se ejerce fuera del escritorio— no funciona a base de voluntad personal. Funciona con equilibrios, con negociación y, sobre todo, con límites. Y esos límites ya se le han aparecido a la gobernadora más de una vez.
Ahí está el caso del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). No solo intentó influir en decisiones internas, como la permanencia de la dirigencia de la Sección 31, sino que además -según versiones conocidas por diversos personajes políticos- compartió comentarios poco generosos sobre la senadora Ana Lilia Rivera. El resultado fue un “no” contundente. Un recordatorio claro de que no todos los espacios están sujetos a la línea del Ejecutivo estatal.
La lección, sin embargo, parece no haber sido aprendida.
Hoy la historia amenaza con repetirse en el terreno partidista. Una cosa es sentarse con las dirigencias nacionales del PT y otra muy distinta es obtener su respaldo. Porque si algo ha demostrado la política reciente es que los partidos aliados no están dispuestos a convertirse en simples extensiones de los gobiernos en turno.
Más aún cuando el desgaste comienza a hacerse visible. La factura política ya empezó a llegar, y uno de los primeros en pasarla fue el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). La postura de su dirigente estatal, Jaime Piñón Valdivia, es más que clara: con Alfonso Sánchez García, no hay ni conversación posible. No es un matiz, es un portazo.
Y cuando los aliados empiezan a cerrarse, lo que queda al descubierto no es fortaleza, sino aislamiento.
Lo preocupante no es solo la intención de imponer a un perfil, sino la forma en que se está haciendo: con una mezcla de prisa, presión y una dosis de soberbia que ha marcado buena parte del actual gobierno. Porque cuando se gobierna bajo la lógica de que todo se puede controlar, se pierde de vista que la política también es percepción, desgaste y memoria.
Hoy, Lorena Cuéllar parece jugar sus últimas cartas. Pero lo hace sin haber corregido los errores que la llevaron a este punto. Apostar por un candidato sin construir legitimidad, sin cuidar las relaciones políticas y sin leer el ánimo de los aliados no es estrategia: es terquedad.
Y en política, la terquedad rara vez se premia. Al final, imponer no es gobernar. Y quien no entiende esa diferencia, termina pagando el precio. Es el caso de Lorena Cuéllar.
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx
