13 de febrero - 2026

Columna Invitada
Hay lemas que no nacen para gobernar, sino para encubrir. “Menos escritorio y más territorio” es uno de ellos. No es nuevo, no es ingenioso y, sobre todo, no es inocente. Antes de convertirse en consigna de moda en gobiernos locales, fue utilizado por Nicolás Maduro, ex dictador de Venezuela, como parte de una narrativa que sustituyó la gestión pública por propaganda, la planeación por presencia y los resultados por discursos en la calle.
En el discurso madurista, “más territorio” significó funcionarios caminando, hablando, posando y prometiendo, mientras el Estado se derrumbaba. El mensaje era claro: no importaba que los servicios colapsaran o que la infraestructura se deteriorara; lo importante era parecer cercanos. El territorio se volvió escenario. La política pública, un accesorio prescindible.
Hoy, ese mismo lema reaparece en Tlaxcala capital, reciclado como si fuera una idea fresca, progresista y eficaz. El alcalde lo ha adoptado con entusiasmo, como si repetir la frase bastara para convertir la inercia en gobierno. Pero la realidad es terca: baches crónicos, calles en mal estado, luminarias apagadas, servicios públicos irregulares y una ciudad que acusa abandono. Es posible que haya territorio recorrido, pero hay pocos problemas resueltos.
El paralelismo no es exagerado. Salvando las evidentes distancias entre una dictadura y un ayuntamiento mexicano, la lógica es la misma: confundir presencia con eficacia. Caminar colonias no es gobernar. Escuchar quejas no es resolverlas. Tomarse fotos con vecinos no sustituye la planeación, la ejecución ni el mantenimiento de la ciudad.
Eso se demuestra con los resultados de la última encuesta levantada por la empresa demoscópica Rubrum, correspondiente al mes de febrero, que ubica al alcalde de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García, en el lugar 26 de un total de 31, con apenas 4.17 de calificación de un total de 10.
Ello evidencia que el verdadero problema del lema no es solo su origen, sino su mensaje implícito: que el escritorio estorba. Como si planear fuera un vicio burocrático; como si presupuestar, diseñar obras, supervisar contratos y evaluar resultados fueran prácticas prescindibles. Esa idea es peligrosa. Sin escritorio no hay gobierno; hay improvisación. Y sin planeación, el territorio se convierte en un catálogo interminable de problemas sin solución.
Tlaxcala no padece males inesperados. El deterioro urbano no es un misterio ni una sorpresa heredada de ayer. Es el resultado de omisiones prolongadas, de falta de seguimiento y de una administración que prefiere el recorrido simbólico a la decisión técnica. Ninguno de esos problemas se resuelve con giras permanentes ni con brigadas de ocasión.
Cuando un gobierno insiste más en el lema que en los resultados, algo está fallando. Cuando la narrativa ocupa el lugar de la política pública, el poder deja de administrar soluciones y empieza a administrar percepciones. Y ese es el terreno donde prosperan los gobiernos que hablan mucho y hacen poco.
El ciudadano no necesita un alcalde omnipresente; necesita una ciudad funcional. No exige discursos ni consignas; exige calles transitables, servicios que operen y obras que duren. La cercanía real no se mide en kilómetros caminados, sino en problemas eliminados.
Por eso vale la pena decirlo con claridad: “menos escritorio y más territorio” no es una estrategia de gobierno; es un eslogan viejo, probado y fallido. Y cuando un gobierno local decide gobernar con frases recicladas del autoritarismo, lo mínimo que puede esperarse es exactamente lo que hoy se ve: ruido, propaganda y una ciudad que sigue esperando resultados.
Porque al final, no se trata de elegir entre escritorio o territorio. Se trata de gobernar bien. Y eso exige cabeza, planeación y responsabilidad.
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