12 de abril - 2026

Por Ana Lilia Rivera Rivera
México se encuentra en un momento decisivo en materia energética. La reciente presentación de la Estrategia para Fortalecer la Soberanía Energética por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo abre un debate necesario, profundo y, sobre todo, impostergable: ¿cómo garantizar el desarrollo del país sin depender excesivamente del exterior?
Durante décadas, nuestro modelo energético ha transitado entre la apertura y la dependencia. Hoy, los datos son contundentes: consumimos alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos de gas natural al día, y cerca del 75 por ciento proviene del extranjero, principalmente de Estados Unidos. Esta realidad, como bien lo ha señalado la secretaria de Energía, Luz Elena González Escobar, nos coloca en una posición vulnerable ante factores que no controlamos, como son los cambios en precios internacionales, fenómenos climáticos o decisiones geopolíticas.
Frente a ello, la estrategia planteada por el gobierno federal busca algo más que un ajuste técnico, propone un cambio de rumbo. Apostar por la eficiencia energética, ampliar la participación de energías limpias del 24 al 38 por ciento hacia 2030, y aprovechar de manera responsable nuestros recursos naturales, son pasos en la dirección correcta. No obstante, es fundamental reconocer que este camino no está exento de desafíos.
Uno de los principales “peros” radica en la complejidad de la transición. La dependencia del gas importado no desaparecerá de la noche a la mañana, sino que será un proceso gradual que podría extenderse entre 10 y 15 años. Esto implica mantener, en el corto y mediano plazo, una relación estratégica con nuestros socios comerciales, particularmente con Estados Unidos, mientras fortalecemos nuestras capacidades internas.
Asimismo, el impulso a la producción nacional de gas, como lo ha expuesto el director de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, abre una discusión relevante sobre el equilibrio entre desarrollo económico y sostenibilidad ambiental. La explotación de yacimientos convencionales representa una oportunidad inmediata, pero el debate sobre los no convencionales que será evaluado por un comité de especialistas, deberá conducirse con rigor científico, transparencia y responsabilidad social.
No podemos ignorar que el mundo avanza hacia energías más limpias y sostenibles. En ese sentido, México tiene la oportunidad de no repetir errores del pasado. La transición energética no debe ser vista como una disyuntiva entre desarrollo y medio ambiente, sino como una oportunidad para armonizar ambos objetivos. Incrementar la generación renovable no solo reduce emisiones, sino que también fortalece nuestra independencia y competitividad.
Desde el Poder Legislativo, acompañar este proceso implica generar marcos normativos sólidos, fomentar la inversión responsable y garantizar que los beneficios de esta transformación lleguen a todas y todos los mexicanos. La soberanía energética no es un concepto abstracto, sino que se traduce en tarifas más estables, en mayor certidumbre para la industria y en mejores condiciones de vida para la población.
Sí, hay retos y también riesgos, pero también hay la convicción clara de que México no puede seguir dependiendo mayoritariamente de lo que ocurre fuera de sus fronteras para sostener su desarrollo.
Avanzar hacia la autosuficiencia energética es, en esencia, una decisión estratégica de largo aliento. Requiere visión, disciplina y, sobre todo, unidad. Vale la pena asumir este desafío, porque en ello no solo está en juego nuestra seguridad energética, sino la posibilidad de construir un país más fuerte, más justo y verdaderamente soberano.
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala
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