Visita presidencial en tierra movediza
10 de abril - 2026

Colaborador Invitado

La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a Tlaxcala no ocurre en un vacío político. Llega, más bien, en un momento particularmente delicado para la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, cuya administración enfrenta una erosión sostenida de credibilidad pública. Lo que en otro contexto habría sido una gira de respaldo institucional, hoy se convierte en un episodio incómodo que exhibe tensiones, desgaste y una evidente desconexión con amplios sectores sociales.

La imagen de la mandataria estatal atraviesa una de sus etapas más críticas. Las acusaciones no son nuevas: señalamientos de corrupción, prácticas de nepotismo, opacidad en el ejercicio público y una sensación de impunidad han circulado de manera constante. Sin embargo, en las últimas semanas, el malestar ha escalado a otro nivel. La percepción de un gobierno distante y poco sensible se ha profundizado, particularmente tras los hechos registrados el lunes pasado en Nanacamilpa.

El desalojo de agroproductores y transportistas en esa zona, en el contexto de protestas que incluso se articularon con un bloqueo nacional, marcó un punto de quiebre. La utilización de la fuerza pública, con reportes de violencia y represión, no solo agravó el conflicto, sino que evidenció la incapacidad política del gobierno estatal para procesar el disenso mediante el diálogo. En lugar de construir acuerdos, se optó por la contención física, lo que inevitablemente tiene costos políticos y sociales.

En este escenario, la visita presidencial adquiere múltiples lecturas. Por un lado, representa la continuidad institucional y el respaldo al proyecto de la Cuarta Transformación. Pero, por otro, deja al descubierto la fragilidad de los liderazgos locales. La presidenta llega con una narrativa de cercanía social y legitimidad política que contrasta con la percepción que hoy se tiene del gobierno estatal. La comparación es inevitable y, para la gobernadora, desfavorable.

Más aún, esta coyuntura impacta directamente en las aspiraciones políticas hacia el futuro inmediato. La intención de Lorena Cuéllar de impulsar a su cercano, el alcalde de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García, como candidato de Morena a la gubernatura, se enfrenta ahora a un terreno minado. La debilidad política no solo limita su capacidad de operación, sino que resta viabilidad a cualquier intento de sucesión controlada.

La pregunta de fondo es si el gobierno estatal tiene margen para recomponer. Hasta ahora, no hay señales claras de una estrategia de contención eficaz. La narrativa oficial ha sido insuficiente para contrarrestar el descontento, y las decisiones recientes parecen haber profundizado la crisis en lugar de aliviarla. Gobernar no es solo administrar, es, sobre todo, entender el pulso social y actuar con sensibilidad política. Justo ahí es donde hoy se encuentra el mayor déficit.

La visita de la presidenta, en este contexto, funciona como un reflector. Ilumina lo que el poder local no ha querido -o no ha podido- corregir. Y deja una lección clara: que esta crisis de imagen no se resuelve con actos protocolarios ni con la cercanía coyuntural del poder federal. Se enfrenta con resultados, diálogo y legitimidad, elementos que hoy en día están escasos en Tlaxcala.

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