26 de febrero - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz
La Nueva Reforma electoral de Scheinbaum huele a 80s y recuerda a Bartlett.
La presidenta Claudia Sheinbaum presentó el primer esbozo de su reforma electoral con una narrativa impecable y con acentos en lo popular, fiel al estilo del régimen: abaratar la democracia, eliminar privilegios, obligar a los plurinominales a salir a territorio, regular bots e inteligencia artificial, fortalecer la fiscalización y cerrar espacios al nepotismo.
Diez puntos, cuatro ejes, un tono técnico, con base a lo que es popular entre las masas. En apariencia, nadie podría oponerse a eso.
Pero el problema no es lo que se dijo. El problema es lo que no se dijo. Porque las reformas electorales no se juzgan por su retórica o su impecable técnica legislativa, sino por su arquitectura. Y en toda arquitectura de poder siempre hay una habitación sin ventanas, sabemos que son tramposos.
Reducir el presupuesto del Instituto Nacional Electoral pudo ser popular al inicio del régimen cuatroteísta, pero luego de las claras evidencias de que la austeridad republicana solo fue un acto discursivo, el querer malbaratar al árbitro no tiene el objetivo del ahorro sino del control. Hay una diferencia profunda entre adelgazar privilegios y debilitar capacidades técnicas.
Y es que amable lector, usted sabe que organizar elecciones en un país de más de 120 millones de habitantes no es un trámite administrativo; es una operación logística monumental. Fiscalizar campañas, vigilar el origen del dinero, instalar casillas, capacitar funcionarios, blindar sistemas digitales y enfrentar litigios postelectorales requiere músculo institucional.
Un árbitro con menos recursos no necesariamente es un árbitro más eficiente; puede ser, simplemente, un árbitro con menos capacidad de supervisión. Y cuando el árbitro se debilita, quien tiene estructura territorial fuerte se engrandece. Hoy esa estructura la tiene morena.
La eliminación de los plurinominales es otro punto que merece una lectura más fría que emotiva. Eliminar listas cerradas para que todos los candidatos busquen el voto suena como un gesto democratizador, pero es todo lo contrario. Suena bonito, suena cercano, suena popular. Sin embargo, la representación proporcional no nació para premiar popularidad individual, sino para equilibrar mayorías y proteger minorías.
Su función histórica ha sido impedir que una fuerza dominante convierta una mayoría relativa en hegemonía legislativa, como la que hoy tienen. Si se rediseña ese mecanismo sin precisión quirúrgica, el resultado puede ser una abominable sobrerrepresentación más fácil de consolidar, sin necesidad de recurrir a la trampa y el contubernio del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
La democracia no solo consiste en ganar; también consiste en limitar cuánto puede ganar quien ya ganó. Cambiar la ingeniería proporcional en un contexto de partido dominante no es un ajuste neutro, es una decisión con efectos acumulativos sobre el equilibrio del Congreso, a este paso dejará de ser un poder simulador y entregado a ser, técnica y legalmente una parte del aparato gubernamental.

La aún pregonada división de poderes dejará de serlo legalmente.
Sobre el uso de los bots y la inteligencia artificial se introduce un elemento contemporáneo que, en el papel, resulta indispensable. La manipulación digital es real y las campañas sucias en redes existen. Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién define qué es propaganda indebida y qué es crítica legítima? ¿Quién establece los criterios para determinar qué contenido constituye manipulación y cuál es simple opinión política? ¿Quién interpreta?
En democracias fuertes y sólidas, la regulación fortalece la equidad; en sistemas donde el poder ejecutivo influye en los órganos reguladores, la regulación puede convertirse en un instrumento selectivo. No hace falta censurar de manera explícita; basta con aplicar criterios con distinta vara. La frontera entre ordenar el espacio digital y administrarlo políticamente puede volverse peligrosamente delgada.
Sobre todo, cuando los mayores consumidores de bots y de control de información en la red son precisamente los del régimen, solo ellos cuentan con los recursos para hacer semejantes campañas, pero bueno, lo quieren regular, pero insisto, ¿Bajo qué criterio?
Lo del Nepotismo se cuece aparte, suena a chiste, los gobiernos más nepotistas han sido los de morena, solo hay que darle un vistazo a Tlaxcala….Bajo este criterio, automáticamente queda descalificado Alfonso, o por lo menos en las próxima horas debería de estar presentando su renuncia Marcela…pero ni uno ni otro. Podrá estar en la ley, pero si alguien manipula la ley a su conveniencia ese es morena.
Pero lo más grave debe de estar en lo que aún no conocemos. Porque lo presentado hasta ahora es apenas la superficie, como se dice, la punta del iceberg.
Las reformas electorales en México rara vez son pequeñas. El detalle técnico suele esconder el verdadero alcance político.
La integración futura del Consejo General, los mecanismos de designación, los criterios para fiscalización anticipada, la centralización de funciones locales, las reglas para anular elecciones o para validar mayorías calificadas son piezas que, combinadas, pueden redefinir el tablero completo. Capturar elecciones en el siglo XXI no implica rellenar urnas ni alterar actas; implica rediseñar reglas para que el resultado estructural sea previsible. Implica construir un entorno donde competir sea legal, aunque sea desigual.
Hay un punto en la reforma de la presidenta que merece una alarma especial, una alerta obligada que no puede diluirse entre tecnicismos: la eliminación del PREP.
El Programa de Resultados Electorales Preliminares no es un adorno tecnológico ni un lujo presupuestal; es el mecanismo que, desde hace décadas, permite que la ciudadanía, los medios y los propios partidos sigan en tiempo real la captura de las actas firmadas en cada casilla. Es transparencia visible, minuto a minuto. Es certeza pública antes de que comiencen los cómputos distritales formales.
Sustituirlo por el inicio inmediato de los cómputos oficiales bajo control exclusivo de la autoridad suena a los tiempos antes del INE, suena a los tiempos de Bartlett y la caída del sistema. No es sólo la eliminación de un sistema técnico; es la remoción de un mecanismo que ha sido un pilar simbólico y funcional de claridad y confianza en el proceso electoral mexicano. El PREP no decide ganadores, pero sí construye legitimidad en tiempo real. Reduce rumores, contiene especulación, limita narrativas anticipadas y permite contraste público de información.
Quitar el PREP significa concentrar desde la primera hora el flujo de resultados preliminares en una sola fuente institucional, sin ese espejo digital abierto que cualquier ciudadano puede consultar. En un país con historia de desconfianza electoral, el vacío informativo la noche de la elección no es un detalle logístico: es un riesgo político. La confianza democrática no sólo se sostiene en el resultado final, sino en el proceso visible que conduce a él. Y cuando ese proceso pierde ventanas, la sospecha encuentra puertas.
Pero la pregunta de fondo permanece intacta: ¿se está fortaleciendo la competencia o administrando la ventaja? Porque cuando una fuerza política impulsa cambios a las reglas del juego mientras detenta el poder ejecutivo y una mayoría legislativa relevante, la prudencia democrática exige escrutinio, no aplauso automático.
El mayor riesgo no es un quiebre abrupto del sistema electoral. El riesgo real es la normalización del ajuste incremental. Un recorte aquí, una redefinición allá, una regulación ambigua, una reconfiguración proporcional. Cada medida aislada puede parecer razonable. Juntas pueden producir un ecosistema donde la competencia formal subsiste, pero las condiciones materiales favorecen sistemáticamente a quien gobierna.
Y una democracia desigual, aunque conserve elecciones periódicas, termina siendo una democracia administrada y a la postre una extinción de la misma democracia.
La trampa, no estará en un artículo de la ley electoral, uno escandaloso que provoque la indignación popular, avivada por los medios inconformes. La trampa está o estará en la combinación de factores: un árbitro con menor margen operativo, una fuerza política con amplia estructura territorial, reglas proporcionales ajustadas, control interpretativo del espacio digital y mayorías legislativas capaces de consolidar cambios constitucionales.
No se trata de cancelar elecciones; se trata de hacerlas previsibles. De convertir la alternancia en una posibilidad cada vez más remota, no por prohibición, sino por diseño, por ley.
La democracia barata saldrá cara. Y la reforma que en apariencia sonríe puede madrear. En política, quien diseña las reglas no siempre gana el juego, pero casi siempre decide quién puede jugarlo.
Cuando el poder rediseña el tablero mientras aún está sentado frente a él, la vigilancia ciudadana deja de ser una postura ideológica y se convierte en una obligación republicana. Porque las democracias no suelen morir de un golpe; suelen erosionarse con reformas que, paso a paso, convierten la ventaja política en una estructura permanente.
Scheinbaum no cree en la democracia…cree en su movimiento y en su permanencia por los siglos de los siglos….
Amén.
@olaizmau
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