25 de febrero - 2026

Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Por Vicente Morales Pérez
Durante muchos años, la imagen del diputado fue la de un personaje encerrado entre expedientes, dictámenes y largas sesiones parlamentarias. Un representante que hablaba en tribuna, votaba reformas y regresaba a su oficina. Pero la Cuarta Transformación vino a replantear esa lógica. Hoy, bajo la visión impulsada por Movimiento Regeneración Nacional, la representación no se concibe como un ejercicio distante, sino como un compromiso territorial permanente.
El diputado ya no puede limitarse al escritorio legislativo. La realidad social exige presencia, escucha y acción directa. En la narrativa de la 4T, el poder no es un privilegio administrativo, sino una responsabilidad ética frente al pueblo. Esa es la diferencia entre la política tradicional y la política de transformación.
La frase constitucional que señala que la soberanía reside esencial y originariamente en el pueblo dejó de ser una declaración formal para convertirse en mandato práctico. Desde el liderazgo que marcó el inicio de esta etapa histórica, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, se impulsó una nueva forma de entender el ejercicio público: cercanía, austeridad y congruencia.
En ese contexto, el diputado territorial es una figura central. Es quien recorre colonias, comunidades y municipios; quien escucha a madres trabajadoras, jóvenes estudiantes, campesinos, comerciantes y adultos mayores; quien transforma las inquietudes sociales en propuestas legislativas concretas. No es un gestor improvisado ni un visitante ocasional en tiempos electorales. Es un representante que permanece.
Esta forma de ejercer el cargo también redefine la ética pública. La austeridad republicana no puede quedarse en discurso; debe reflejarse en el comportamiento diario. La cercanía con la gente no puede limitarse a la fotografía; debe traducirse en seguimiento puntual a los compromisos asumidos. El combate a la corrupción no es consigna, es obligación moral.
La identidad de MORENA se ha construido sobre la idea de romper con el viejo régimen de privilegios y construir un gobierno al servicio del pueblo. En ese sentido, el diputado territorial representa coherencia política. No promete lo que no puede cumplir, pero tampoco evade su responsabilidad de gestionar soluciones estructurales. Entiende que muchas problemáticas no se resuelven con un oficio, sino con una reforma legal bien sustentada.
Ser territorial implica también asumir la crítica. Caminar el distrito significa escuchar inconformidades y enfrentar realidades complejas. Pero esa confrontación es saludable para la democracia. La representación auténtica no huye del debate; lo incorpora para mejorar la toma de decisiones.
Además, el contacto directo fortalece la legitimidad institucional. En tiempos donde la desconfianza hacia la clase política ha sido profunda, la presencia constante genera credibilidad. Cuando la ciudadanía sabe que su diputado regresa, rinde cuentas y explica su voto, la política recupera dignidad.
No se trata de abandonar el trabajo técnico. El escritorio legislativo sigue siendo indispensable para analizar iniciativas, revisar presupuestos y perfeccionar marcos jurídicos. Sin embargo, ese trabajo cobra sentido cuando se alimenta del territorio. El equilibrio entre técnica y cercanía es la fórmula que impulsa la transformación.
En estados con identidad histórica y fuerte arraigo comunitario, esta dinámica adquiere mayor relevancia. La tradición de diálogo y construcción colectiva encuentra en el diputado territorial un facilitador institucional. No impone decisiones; construye acuerdos. No gobierna desde la soberbia; representa desde la escucha.
La Cuarta Transformación no planteó un cambio superficial, sino un cambio de fondo en la relación entre gobierno y sociedad. Esa transformación exige representantes que entiendan que el cargo es temporal, pero el compromiso social es permanente. Que comprendan que el Congreso no es una torre aislada, sino extensión formal de la voluntad popular.
Hoy, más que nunca, el país necesita legisladores que combinen visión jurídica con sensibilidad social. Que comprendan que la democracia no se agota en la elección, sino que se fortalece en el diálogo continuo. Que sepan que la política solo tiene sentido cuando mejora la vida de las personas.
El diputado territorial, más allá del escritorio, simboliza esa nueva etapa. Es el puente entre la norma y la necesidad, entre la institución y la comunidad, entre el debate parlamentario y la realidad cotidiana. En la lógica de la 4T, transformar significa caminar junto al pueblo, escuchar con humildad y legislar con justicia.
Porque cuando la representación se vive en el territorio, la ley deja de ser distante y se convierte en instrumento de bienestar. Y ahí, precisamente, comienza la verdadera transformación.
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