20 de febrero - 2026

Columna Invitada
En Morena Tlaxcala ya no se discute si habrá relevo en la dirigencia, sino cómo se contará la historia de esa salida. La permanencia de Marcela González Castillo como presidenta estatal del partido es políticamente inviable y su adiós es un hecho consumado, aunque todavía se intente administrar el impacto. No es una decisión menor: su caída arrastrará consigo el principal andamiaje del proyecto político de su esposo para buscar la candidatura al gobierno del estado.
La razón de fondo no es un pleito interno ni un ajuste de cuentas faccioso. Es algo más profundo y más incómodo: Tlaxcala se convirtió en el ejemplo más evidente de la contradicción entre el discurso nacional de Morena y su práctica local. Mientras desde la presidencia de la República se insiste en erradicar el nepotismo como una herencia tóxica del viejo régimen, en el estado se decidió normalizarlo, institucionalizarlo y, peor aún, defenderlo.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo fue clara: no a la reelección y no a los cargos convertidos en patrimonio familiar. No hubo ambigüedad ni margen para interpretaciones creativas. Sin embargo, en Tlaxcala se optó por el camino contrario: ignorar la advertencia y apostar a que el control de las estructuras partidarias bastaría para sostener una aspiración personal.
Ese cálculo falló.
El desgaste no empezó en el partido, sino en el ejercicio mismo del poder. La administración encabezada por Lorena Cuéllar Cisneros ya había abonado un terreno fértil para el descrédito, con una lógica de acuerdos y parentescos que viene de tiempo atrás. Ese contexto minó la autoridad moral de la llamada transformación en el estado. Pero Morena terminó de complicarse cuando esa misma lógica se apoderó del partido.
Colocar a Marcela González Castillo al frente del Comité Ejecutivo Estatal mientras su esposo, el alcalde Alfonso Sánchez Anaya, se mueve abiertamente como aspirante a gobernador fue un error estratégico de grandes dimensiones. No sólo por el conflicto de interés evidente, sino porque convirtió al partido en rehén de un proyecto familiar. Morena dejó de ser un instrumento colectivo para convertirse en plataforma personal.
El problema no fue únicamente la promoción abierta del alcalde. Fue el silencio cómplice frente al uso de estructuras, la falta de límites éticos y la idea de que todo podía justificarse en nombre de una supuesta fuerza política imparable. En realidad, lo que creció no fue el respaldo ciudadano, sino la inconformidad interna y la presión desde el centro del poder.
Por eso la salida de Marcela González Castillo ya no es negociable. Su permanencia dejó de ser un activo y se transformó en un lastre. Morena no puede sostener un discurso nacional contra el nepotismo mientras permite que, en los estados, las dirigencias partidistas funcionen como extensiones de proyectos con apellido.
El golpe al proyecto de su esposo es inevitable. Sin el control del partido, la aspiración pierde oxígeno y queda expuesta como lo que es: una construcción basada en ventajas internas, no en legitimidad social. En política, cuando se pierde la cobertura institucional, la ambición queda desnuda.
En Tlaxcala, Morena enfrenta ahora una disyuntiva que definirá su futuro inmediato: corregir y alinearse con la línea presidencial, o seguir pagando el costo de haber confundido la transformación con la herencia del poder.
La próxima salida de Marcela González Castillo no es una anécdota; es la prueba de que, incluso en Morena, el nepotismo también pasa factura.
