12 de febrero - 2026

Por Mauricio Hernández
La Pureza prometida y la chequera que se piensa infinita…
Morena no solo llegó al poder para gobernar. Llegó para redimir.
Su narrativa fundacional no fue administrativa, fue moral. No se trataba únicamente de ganar elecciones, sino de inaugurar una nueva era pública bajo tres principios que se repitieron hasta el cansancio: no mentir, no robar y no traicionar.
No eran un partido más.
No eran “los mismos de siempre”.
Eran —según su propio discurso— la frontera ética de la política mexicana.
Pero el poder, como la humedad, termina por revelar las grietas, y ¡vaya que salieron!
En las últimas semanas hemos visto detenciones de funcionarios municipales emanados de Morena, investigaciones por presuntos actos de corrupción y señalamientos de colusión en distintos niveles de gobierno. No hablamos aquí de sentencias firmes ni de condenas definitivas. Hablamos de algo políticamente más delicado: el contraste.
Porque el problema no es que exista corrupción —esa enfermedad no nació en 2018—. El problema es que quien prometió erradicarla terminó administrándola.
La superioridad moral era el activo más poderoso del movimiento. Hoy empieza a erosionarse, no por la narrativa opositora, sino por los hechos.
Y mientras ese pilar cruje, el otro gran sostén del proyecto se vuelve todavía más indispensable: el presupuesto.
México vive el mayor despliegue de programas sociales de su historia reciente. Transferencias directas, pensiones universales, becas, apoyos productivos. Millones de personas reciben recursos de manera periódica. Miles de millones se entregan por doquier, claro, con su debida comisión, y eso no es menor: Los programas sociales usados por el morenismo, no creados vale la pena recordar, le han generado una sólida base política, legitimidad y lealtad electoral.
Pero también ha generado una enorme presión fiscal.
El déficit público ha crecido como nunca en la historia. El margen presupuestal se reduce cada vez más. El espacio para inversión productiva compite cada vez más con el gasto social comprometido. Por lo que la pregunta no es si los programas deben existir —muchos cumplen una función social real—. La pregunta es si el país puede seguir sosteniéndolos sin un crecimiento estructural que los respalde.
Cuando un gobierno basa su legitimidad en dos pilares —superioridad moral y transferencia masiva de recursos— cualquier fisura en uno obliga a cargar más peso sobre el otro.
Si la narrativa anticorrupción se debilita, el gasto social se convierte en el nuevo cemento político.
Pero el cemento cuesta. Y la chequera no es infinita.
Ahí está la chingadera…..
La honestidad era el discurso, uno que ya se agotó, por eso hoy hay que pagar más mucho más…la gente ya se dio cuenta de que el régimen les mintió, pero mientras les siga depositando…chingue su madre…El presupuesto es el pegamento del pueblo bueno y el régimen, pero cada día hay menos.
El riesgo no es inmediato, pero si es estructural. Porque cuando un proyecto político deja de distinguirse por su ética y depende exclusivamente de su capacidad de repartir recursos, entra en una zona peligrosa: la del pragmatismo sin mística y la lealtad condicionada, comprada.
Morena prometió erradicar la corrupción, no administrarla con otro logotipo. Prometió transformar el régimen, no simplemente redistribuirlo.
Y aquí es donde el contraste pesa.
Porque si la superioridad moral se diluye y la sostenibilidad financiera se tensiona, el proyecto deja de ser una transformación histórica para convertirse en un modelo vulnerable.
El poder se sostiene con legitimidad o con recursos.
Cuando uno falla, el otro compensa.
Pero cuando ambos se debilitan al mismo tiempo, lo que queda no es la cuarta transformación, sino un país debilitado, frágil y en vías de su más profunda crisis.

Y en 2027 un electorado adulto, pensante, ya no votará por promesas de cambio, votará por resultados. Pero… ¿Qué tanto el electorado mexicano es pensante y maduro? ¿Qué tanto el electorado seguirá basando su decisión en la o las becas recibidas?
Sigo pensando que estamos lejos de la madurez electoral y muy dependientes de la dádiva gubernamental para llegar a la urna…el problema…el problema es que, de seguir así, muy pronto ya no habrá dinero para becas y mucho menos para todo lo demás.
La elección no será entre pasado y futuro, sino entre coherencia y contradicción. Porque si la transformación terminó pareciéndose al régimen que juró sepultar, el veredicto no será ideológico… será histórico. Y la historia no suele absolver a quienes traicionan su propia bandera., y hoy no hay más traidores a la patria que aquellos que juraron ser diferentes.
Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de Gentetlx
