11 de enero - 2026

Por Ana Lilia Rivera Rivera Por Ana Lilia Rivera Rivera
Hablar de Tlaxcala es hablar de uno de los pilares más antiguos y profundos de la historia de México. Es referirse a un pueblo originario que, desde antes de la llegada de los europeos, construyó formas propias de organización política, social y cultural; que defendió su territorio, su autonomía y su identidad frente a poderes hegemónicos; y que participó, con inteligencia estratégica, en uno de los procesos históricos más complejos y determinantes de nuestro país: el nacimiento de la Nueva España y, siglos después, de la nación mexicana.
Por ello, cada vez que el término “tlaxcalteca” se utiliza de manera peyorativa en el debate público, no estamos frente a una simple expresión retórica. Estamos ante la reproducción de una narrativa histórica equivocada, reduccionista y profundamente injusta. Una narrativa que ha simplificado siglos de historia para convertirlos en un estigma que no resiste un análisis serio, documentado y honesto.
La historia de Tlaxcala no puede explicarse desde el prejuicio. El señorío tlaxcalteca fue, durante décadas, un territorio independiente que resistió la expansión del Imperio mexica. Esa resistencia tuvo un alto costo humano, económico y político. Cuando los españoles llegaron en 1519, Tlaxcala tomó una decisión estratégica en un contexto de guerra permanente, asedio y supervivencia. No fue una “traición”, fue una alianza política y militar, como las que han existido a lo largo de toda la historia universal entre pueblos que buscan preservar su existencia frente a un enemigo común.
Reducir esa decisión a una etiqueta moral es desconocer cómo operaban las relaciones de poder en el mundo mesoamericano y en el siglo XVI. Es ignorar que los tlaxcaltecas no se sometieron, que negociaron, que conservaron formas de autogobierno, que defendieron su territorio y que, incluso después de la Conquista, siguieron siendo un pueblo con identidad propia y capacidad de decisión. La historia no se explica con adjetivos; se entiende con contexto, con fuentes y con responsabilidad intelectual.
En ese mismo sentido, resulta fundamental revisar el juicio histórico que por siglos se ha hecho sobre figuras como Malintzin. La reciente postura de la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, apunta con claridad a una reivindicación necesaria: Malintzin fue una mujer indígena, esclavizada, multilingüe, que actuó en condiciones extremas y profundamente desiguales. No fue una traidora; fue una mujer situada en una coyuntura histórica violenta, que ha sido juzgada desde parámetros morales posteriores y, muchas veces, desde una visión profundamente misógina y colonial.
Desde el Senado de la República he impulsado esta misma reflexión. Coincidimos en que México necesita revisar críticamente su historia, no para reescribirla de manera complaciente, sino para liberarla de mitos que han servido para justificar el desprecio hacia pueblos originarios, hacia las mujeres indígenas y hacia regiones enteras del país. Tlaxcala ha cargado durante demasiado tiempo con una etiqueta que no le corresponde.
Reivindicar a Tlaxcala no es un acto de regionalismo ni de confrontación. Es un ejercicio de justicia histórica. Es afirmar que ningún pueblo merece ser reducido a un estereotipo, y que el lenguaje importa, porque el lenguaje construye realidades. Cuando se normaliza el uso despectivo de un gentilicio, se normaliza también la exclusión, el clasismo y el racismo que México dice querer erradicar.
Tlaxcala ha aportado a México cultura, pensamiento, trabajo, identidad y memoria. Ha sido semilla de procesos históricos fundamentales y sigue siendo, hoy, un estado vivo, digno y comprometido con el presente y el futuro del país. Defender su nombre es defender una visión de México que reconoce su diversidad, su complejidad y su historia sin simplificaciones ni estigmas.
Esa es la reflexión que hoy convoco: mirar a Tlaxcala con conocimiento, con respeto y con la profundidad que su historia merece. Porque solo así podremos construir un país reconciliado con su pasado y más justo en su presente.
Senadora de la República por el estado de Tlaxcala
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