8 de enero - 2026

Por Mauricio Hernández Olaiz
En estos días de fin de año, nos tomamos un breve descanso y aproveché para ver una serie que me habían recomendado en muchas ocasiones. Una serie con un diseño de producción impactante, grandes actuaciones, una serie que mezcla el crimen, el drama y la ambición con una dosis de realidad que puede caber en cualquier época, pero no en cualquier lugar….
Por alguna razón me vino fuerte a la mente una analogía entre la sagacidad de la serie y la realidad de un gobierno como el de Tlaxcala, que trabaja como mafia, pero que lejos está de cubrir su esencia, empezando por la destreza y la inteligencia.
Thomas Shelby, no es solo el líder de los Peaky Blinders; es un estratega. Un criminal, sí, pero uno que piensa, que lee el contexto, que entiende cuándo avanzar y cuándo retroceder. Su poder no se basa únicamente en la violencia o en el dinero, sino en una idea clara: expandirse, institucionalizarse, dejar de ser pandilla para convertirse en poder político. Shelby sueña con dejar de ser perseguido y convertirse en respetable, aunque el camino esté manchado.
En Tlaxcala, la analogía se queda corta. Porque si bien el gobierno de Lorena Cuéllar ha construido su propio clan —una estructura cerrada de lealtades, negocios y favores—, carece de lo que hace peligroso e interesante a Thomas Shelby: visión, inteligencia política y un proyecto de largo plazo.
Shelby juega ajedrez; en Tlaxcala se juega a la lotería con caja registradora y premio seguro.
Mientras el líder de los Peaky Blinders piensa en cómo mover sus piezas para dominar Birmingham y luego Londres, la gobernadora parece concentrada únicamente en la rentabilidad inmediata del poder: contratos, posiciones, control presupuestal, y un círculo íntimo que opera más como empresa familiar que como gobierno estatal. No hay una narrativa sólida de futuro, no hay una idea de Estado; hay negocio.
La diferencia es brutal: Thomas Shelby sabe que el poder siempre tiene un enemigo. Por eso vive bajo la sombra del inspector Chester Campbell, el implacable policía enviado por el Estado británico para cazarlo, exhibirlo y destruirlo. Campbell representa el contrapeso, la persecución constante, el recordatorio de que nadie está por encima de la ley —al menos en la ficción.
Lorena Cuéllar, en cambio, gobierna sin un Campbell que la persiga. No hay un fiscal incómodo, no hay una policía política que investigue a fondo, no hay instituciones locales que realmente incomoden al poder. En Tlaxcala, el aparato que debería vigilar al gobierno en realidad trabaja para él. Y cuando no hay persecución, el poder se vuelve cómodo; cuando se vuelve cómodo, se vuelve torpe.

Ahí está la gran paradoja: ni siquiera alcanza la estatura de un villano complejo. Porque Shelby, al menos, tiene ideas; aquí hay administración del poder sin inteligencia política, control sin proyecto, mando sin rumbo. La “mafia del poder” local no busca trascender ni transformar, solo exprimir el momento, sabiendo que el sexenio es corto y la memoria institucional lo es aún más.
En Peaky Blinders, el poder mal ejercido siempre cobra factura: traiciones, caídas, balas. En Tlaxcala, la factura aún no llega porque el sistema de contrapesos está anestesiado. Pero la historia —real, no de serie— enseña que ningún clan sobrevive solo con ambición económica. Cuando no hay ideas, el poder se vuelve vulgar; cuando se vuelve vulgar, tarde o temprano se desmorona.
Tlaxcala si tiene ya su épica criminal al estilo Birmingham, pero no son los de la mafia del gobierno, esos que nombraba su líder como los de Cuello Blanco, que solo utilizan su actual posición para desangrar al erario, tampoco son los peaky, pero si son los Brujos, los bukanas, o hasta células de ya saben quiénes.. Cada vez se gestan más, crecen y se sienten cada día más en las calles, pero…. ¿por qué a una administración en la que la ley solo cuenta si los beneficia y en dónde el objetivo es el dinero fácil obtenido desde el poder, se iba a ocupar por perseguir a esas bandas mafiosas que también quebrantan la ley?
Pues por eso no se ocupan, pese a lo que declaren, pese a lo que presuman…El crimen está allá afuera…y también adentro. Es la triste historia de un gobierno que presumió una transformación histórica y terminó siendo una administración de intereses, sin épica, sin cerebro y sin un inspector que toque la puerta. ¡Por ahora!.
Por eso se vuelve tan importante la sucesión en Tlaxcala, por eso es tan importante que quede alguien que se haga como el tío Lolo, porque de ser alguien más, alguien a quien no le tiemble la mano y que además tenga una reconocida y sabida animadversión por la actual mandataria….entonces….entonces…..la triste se convertiría en otra cosa….una que podría acabar a la sombra…..
@olaizmau
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