Así me convertí en Doctor Honoris Causa en menos de 24 horas y a cambio de miles de pesos
21 de julio - 2025

En este texto narro, en primera persona, cómo opera este lucrativo negocio de los doctorados exprés que se venden cada mes, sin ningún valor académico, pero con apariencia de grandeza. Porque en México, el prestigio también se puede comprar.

Fuente: REPORTE ÍNDIGO

“Nos complace informarle que se aprobó su ingreso a nuestro Claustro Doctoral con el grado de Doctor Honoris Causa”, fue el mensaje que recibí en mi celular, semanas después de haber enviado un correo a la Organización Mundial de Líderes (Omlid) para conocer los requisitos para obtener esta distinción.

En menos de 24 horas, esta organización civil aprobó mi candidatura con solo enviar un breve resumen de mi trayectoria profesional, vía WhatsApp, a uno de sus contactos. No hubo ningún otro requisito, ni siquiera la solicitud de documentos oficiales que comprobaran lo que les había dicho.

Así de sencillo fue postularme para este reconocimiento que históricamente se otorga a personas con una trayectoria sobresaliente y aportes extraordinarios, tal como lo sostiene la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que en más de 100 años de historia ha entregado poco más de 200 de estos títulos honoríficos.

Mi duda surgió meses atrás, cuando vi en redes sociales que algunos abogados habían sido reconocidos como Doctores Honoris Causa. Después, volví a ver en Facebook a un funcionario del Estado de México con ese mismo reconocimiento, pero ahora con una toga y un birrete de distinto color.

Fue entonces cuando comencé a indagar más en redes sociales sobre qué universidades otorgan estos galardones y bajo qué criterios. Mi sorpresa fue mayor al descubrir que Aleks Syntek había sido nombrado doctor honorífico, meses atrás, por esta misma organización: Omlid.

En ese momento fue cuando propuse documentar en primera persona este modus operandi y ver hasta dónde llegaba. Al inicio estaba casi seguro que no pasaría el primer filtro dada la profesión a la que me dedico; sin embargo, fue más fácil de lo que pensé.

En esa lista de notas de años anteriores aparecían otros nombres polémicos, como Carlos Trejo, el llamado “cazafantasmas”; la conductora de televisión Laura Bozzo; la artista Tatiana, e incluso youtubers recientes comoLord Molécula, además de políticos, empresarios y abogados que han desfilado por estos denominados “claustros doctorales”.

Todos ellos presumieron en redes sociales esta distinción, que les fue otorgada —presuntamente— por invitación de estas organizaciones y, en la mayoría de los casos, de universidades estatales.

Días después, volvieron a comunicarse conmigo, esta vez para informarme que debía cubrir un pago único de 35 mil pesos. Me explicaron que no era por el doctorado en sí —porque “esto no se cobra, por supuesto”—, sino por los “gastos de titulación”, es decir, la renta del lugar, toga y birrete, guantes, medalla, marco con vidrio para el diploma y hasta el fotógrafo.

Todo aparentaba ser solemne… excepto el lugar de la ceremonia, que aún estaba por confirmarse. Por último, me pidieron dos fotos tamaño título. Todo debía entregarse el día del evento, que se llevaría a cabo en Toluca, en el Estado de México.

Me insistieron en que era importante desembolsar la cantidad solicitada para asegurar la renta del lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia y que, en caso de no poder hacerlo, podría agendarse para otra fecha, ya que realizan un evento de este tipo cada mes. Mi asombro iba en aumento.

Solemnidad hecha circo

Una vez que realicé la transferencia bancaria, me asignaron la fecha para la investidura como Doctor Honoris Causa. La cita fue en un salón del Instituto Electoral de la entidad mexiquense.

Llegó el día y me dispuse a continuar con la simulación. Llegué una hora antes de la hora programada para entregar mis fotografías y realizar la sesión que me habían prometido. Desde la entrada, una persona de la organización me abordó y, en todo momento, se dirigió a mí como “doctor”.

Me indicó el lugar exacto donde se llevaría a cabo la ceremonia y, una vez ahí, me colocaron la toga y el birrete. Tenían varios de diferentes tamaños. Junto a mí, alcancé a ver a tres personas más que también asistieron a la investidura. Todos ellos evitaron el diálogo, como si compartiéramos una especie de complicidad y la conciencia tácita de que todo esto se había pagado.

Alcancé a ver que todavía estaban armando los reconocimientos que supuestamente ya te acreditaban como Doctor Honoris Causa. Minutos antes, apenas había entregado dos fotografías para el título. Así de sencillo fue.

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