13 de diciembre - 2015
Por: Gerardo Orta.
El sábado 12 de diciembre, el matador de toros Fermín Rivera impartió una clase pública de toreo en los jardines de Coyoacán en la ciudad de México, en medio de una nutrida y entusiasta asamblea que tuvo en su seno lo mismo a personas adultas que a menores de edad.
Todo iba bien hasta que apareció la intolerancia, la falta de respeto y el desquicio de un puñado de personas que lo único que hicieron fue alterar el orden público al molestar a los taurinos reunidos para la cátedra del potosino.
Dicen que violencia genera violencia, sin embargo, la premisa en esta ocasión no se hizo efectiva. Y es que el pequeño grupo de los denominados “ambientalistas” o “antitaurinos” se manifestaron con auténticos gritos de desaprobación a la labor que se estaba realizando en Coyoacán e incluso llegaron a las manos con algunos asistentes que únicamente ignoraron la agresión.
Con pancartas y ayudándose de un altavoz, los manifestantes colmaron la paciencia de los reunidos que, no obstante, no respondieron la agresión. Todo lo contrario.
Al ver que la intolerancia de ese grupo era evidente, no quedó más que practicar el toreo en medio de gritos de todo tipo, vaya, a Fermín Rivera de asesino no lo bajaron.
Es ahí cuando los grupos “antitaurinos” no demuestran otra cosa más que su ineptitud para defender con argumentos sólidos una causa que, para ellos, resulta justa.
Atacar incluso a través de la violencia es su carta de presentación, no entienden razones y su principal argumento es la protección del toro bravo, aun cuando la prohibición de las corridas represente su inminente extinción.
Es de resaltar la convocatoria que tuvo el matador Fermín Rivera, pero sobre todo el gesto hacía una mujer invidente que, entusiasta, cogió una muleta para dibujar unos pases, mientras Rivera hacía las veces de toro.
Emotivo resultó el instante, pues demuestra que la grandeza del toreo puede transmitir más allá de los sentidos, llega hasta el alma sin mayor herramienta que la del corazón latiendo.
También llegaron niños, mujeres y hombres que agasajaron al matador Rivera de cara a su cita con La Plaza México.
Por cierto que la presentación de Fermín en la monumental capitalina fue su segunda de la temporada, con lo que cierra su participación en el serial invernal mexicano, aunque recordemos que el cartel del 5 de febrero de 2016 aún no está cerrado y el potosino podría colarse.
Y es que a Fermín Rivera le hace falta una tarde para encumbrarse como una figura mexicana, no obstante que tiene los argumentos necesarios para dormirse en los cuernos de la luna, y vaya que lo ha demostrado en La México.
El domingo, Fermín Rivera hizo dos faenas de auténtico arrojo a los toros de su lote, si acaso los menos malos del encierro presentado por la ganadería de Villa Carmela que no ofrecieron condiciones para el lucimiento de sus alternantes, Daniel Luque y Sergio Flores.
Rivera demostró que sus condiciones de torero bueno están para pelear las palmas al torero más experimentado. Va en contra del toreo de galería que muchos practican en la actualidad, aquel que consiste en sonreír en demasía al tendido, adornarse en exceso frente a toros mansurrones y torear prácticamente igual en todas sus actuaciones.
Fermín torea igual en todas sus actuaciones, pero con la magnífica diferencia de que su toreo es serio, elegante, y de buen gusto.
El torero potosino está encumbrándose como uno de los favoritos de la afición conocedora, gracias a sus sólidos argumentos taurinos, su sencillez y su honestidad frente a los toros.

