Brillar en las tinieblas
31 de marzo - 2014

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Pbro. Ranulfo Rojas Bretón

El tiempo de cuaresma en diversas etapas de la historia de la Iglesia, además de ser un tiempo de conversión que permitía llegar a la celebración de la pascua debidamente preparado, era el tiempo de catequesis inmediata para quienes recibirían el bautismo en la noche de pascua. Los llamados “catecúmenos” (personas adultas que habían terminado su formación y estaban a un paso de la recepción del bautismo) vivían sus últimas semanas de catequesis y en los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma les puntualizaban algunos ejes fundamentales del bautismo. Esto a quienes ya estaban bautizados también les servía porque se convertían en catequesis que les recordaban la razón de ser del sacramento del bautismo y la tarea que como católicos habían asumido.

La estructura actual de la liturgia de la misa mantiene la temática bautismal y las lecturas que se leen especialmente en el ciclo A, nos hacen presentes en el Evangelio narraciones que permiten afianzar mejor la doctrina bautismal. El domingo cuarto se insiste en la luz y la obligación del cristiano de ser luz a semejanza de Cristo “Luz del mundo”. A propósito de la narración del ciego de nacimiento, el tema de la luz nos hace recordar que cuando llevan a los niños a bautizar el sacerdote entrega una vela encendida que toman los papás y los padrinos y les dice: “reciban la luz de Cristo, a ustedes papás y padrinos se les confía el cuidado de esta luz, a fin de que este niño que ha sido iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz y perseverando en la fe pueda salir al encuentro del Señor con todos los santos cuando venga al final de los tiempos.” De ahí el compromiso de ser luz que tiene todo bautizado.

Caminar como hijo de la luz en un ambiente de oscuridad no es nada fácil, sin embargo el testimonio de tantos católicos nos enseña que aun con las adversidades de nuestro tiempo se puede vivir la fe. El Papa Francisco no deja de agradecer a los católicos: “cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más”. Las tinieblas parecen impregnar la vida actual, pues apenas abrimos los diarios, o vemos televisión, escuchamos la radio, inmediatamente encontraremos temas que duelen: secuestros, violencia, corrupción, trata de personas, desapariciones de personas, pobreza, injusticias, divisiones, desempleo, situaciones que ensombrecen nuestro entorno y que incluso bajan las ganas de querer vivir bien, de portarse bien.

Ante situaciones como éstas, no debemos olvidar que desde el bautismo recibimos innumerables dones de Dios que nos fortalecen si los dejamos florecer y con su fuerza podemos dar un signo de la presencia de Dios en los ambientes en los que nos encontramos, porque si bien las situaciones son difíciles, la gracia de Dios es más fuerte. Hay mucha gente que ha testimoniado con sus acciones la posibilidad de ser luz en este mundo ensombrecido por lo que el Papa Juan Pablo II llamaba “La cultura de muerte” y con acciones sencillas ha logrado colocar una lucecita de esperanza. Recuerdo a una señora, “Doña Manuelita”, una señora ya mayor que allá en el Pueblo de San Lucas Tecopilco, diariamente salía de su casa en la tarde y se encaminaba a la Iglesia del pueblo y ahí a veces con alguna otra señora o con dos más, tomaba el micrófono y comenzaba el rezo del santo rosario. En aquel tiempo yo era seminarista y ya luego sacerdote y disfrute del testimonio de esta señora que no dejó pasar un solo día mientras pudo, para ir a rezar el rosario. Con el micrófono encendido su voz, su rezo y su canto se escuchaba en todo el pueblo. Ahora lo pienso y me digo: ¿Cuánto bien le hizo a ese pueblo el escuchar esa oración? ¿Tal vez mucha gente se unía a su rezo desde su casa, desde sus actividades, desde la calle? ¿Tal vez algunos se unieron de manera inconsciente a esas oraciones aprendidas desde la infancia? Lo cierto es que el pueblo contaba con una persona o con dos o tres que diariamente oraban por todo el pueblo y eso seguro ante Dios se convertía en un tesoro para la comunidad.

Yo creo que todos hemos conocido a gente como Doña Manuelita en algún episodio de nuestra vida y hemos recibido su testimonio. ¿Cuántos no tenemos en la mente a una catequista que nos enseñó los primeros principios de nuestra fe, que nos preparó para recibir la primera comunión? Personas que han dado testimonio de su fe creo que hay muchas y no necesariamente veneradas en los altares como o los santos, sino personas como cada uno de nosotros pero que se han esforzado en ser luz. Valdría la pena dedicarles un pensamiento a todas ellas y sobre todo agradecer a Dios que nos haya permitido disfrutar de su ejemplo. A quienes ya hayan muerto que Dios les conceda la vida eterna.

Ahora, ser luz no necesariamente implica actividades de servicio dentro de la Iglesia, ser luz es una tarea que se puede realizar en cualquier ambiente, en cualquier momento. Pensemos en la posibilidad que tiene un padre de familia de ser buen padre de familia, de darles su tiempo a sus hijos, de estar al pendiente de lo que pasa en su casa, tal como dice Jesús: “si un padre de familia supiera a qué hora va a llegar el ladrón, estaría vigilando y no permitiría que se metiera por un boquete”. Pues ser buen padre de familia es ser luz. Se puede ser luz en el ambiente de trabajo. Si se trata de un trabajador honesto, responsable, que hace su tarea con responsabilidad, con calidad, entonces está siendo luz. Así podríamos hacer un recorrido a cualquier oficio o profesión y en ellos descubrir cómo si se puede ser luz y cómo cada uno de nosotros podemos ser buen ejemplo para los que nos rodean. Ser luz es una tarea que se puede vivir y que además se necesita. Hoy nuestro mundo necesita de personas que dejen un poco su individualismo, o su egoísmo y que se decidan a hacer algo por los demás, seguro que hay mucho que se puede hacer por el otro, tanto en la casa como en la calle, en el trabajo, en la escuela, en la Iglesia, en cada lugar en donde nos encontremos se necesita de un cristiano que convencido de su bautismo se decida a brillar en las tinieblas.