Miseria Moral
17 de marzo - 2014

Pbro. Ranulfo Rojas Bretón

El Papa Francisco en su mensaje de cuaresma insiste en no dejar de lado dentro de nuestra reflexión a tanta gente que vive en la miseria moral. “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual.”

“tocar la miseria”. Tocar es un término muy utilizado por el Papa Francisco y significa dejar de contemplar de lejos lo que le pasa a otros o simplemente ayudar a los demás sin comprometerse. En la canonización de la monja mexicana, la madre Lupita, al referirse al servicio que ella dispensaba a los enfermos curándolos con sus propias manos, decía: “ella tocaba la carne de Cristo”. Tocar no solo es interesarse, es impactarse, y ser parte del sufrimiento de los demás, así como la madre Teresa de Calcuta e innumerables santos que “tocaban” la miseria para sanarla.

Durante la cuaresma no podemos olvidar a aquellos que viven la miseria, esa pobreza dice el Papa: “sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”, que por cierto, no es poca y comprometernos con quien la sufre. La miseria espiritual consiste: “en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.”

“Esclavos del vicio”, lamentable pero la esclavitud moderna es lo que hoy llamamos adicción porque a semejanza del esclavo el adicto se mantiene encadenado y pierde su libertad, deja de pensar, de decidir, pierde sentido moral. Quien trabaja con adictos constata que quien comienza a vivir con alguna adicción comienza por perder bienes materiales, luego pierden trabajo, familia, y lo más lamentable, comienzan a perder la vergüenza y la dignidad, porque dejan de ser hombres y comienzan a animalizarse, pues esclavos de sus pasiones no les importa robar, vender, matar, violar, agredir, con tal de obtener el objeto de su adicción. Innumerables familias son afectadas por la adicción de alguno de sus miembros sea niño, adolescente, joven, adulto o anciano. La esclavitud no hace distinción de sexo, de nivel académico o nivel social pues padecen adicciones pobres, de clase media o ricos con igual final: La miseria espiritual.

Sorprende que al abrir las noticias nos enteremos de situaciones que revelan la miseria espiritual con que mucha gente vive. Especialmente en nuestro Estado, la trata de personas para la prostitución se ha convertido en el gran estigma social que enfrentamos no solo ante el mundo sino ante nuestra conciencia y ante Dios y que nos muestra la carencia de principios y valores con los que mucha gente vive. No les importa esclavizar a personas y obligarlas a vender su cuerpo sin que por ello reciban una remuneración para ellas, es sin duda la esclavitud moderna donde el hombre y a veces la mujer esclavizan a una persona, la degradan, la obligan a entregar su cuerpo mientras la mantienen encerrada, incomunicada, bajo amenazas contra su vida y contra su familia.

Muchos bienes se han construido con esta manera de esclavitud y lo peor es que están ante nuestros ojos como mudos testigos de la injusticia e ignominia que representan. Tal vez no hemos pensado en lo que significan, tal vez nos hemos acostumbrado a ver esas construcciones y simplemente evadir nuestros pensamientos, mientras muy en lo íntimo de nuestro corazón se escucha la voz de Dios que nos dice: “Caín, Caín dónde está tu hermano” y nosotros terminamos contestando: “Acaso soy yo el guardián de mi hermano”. O tal vez como dice el Papa Francisco, “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”. Y así lo que les pasa a las personas víctimas de esta esclavitud nos deja inmutables e indiferentes.

Si la víctima la ubicamos como esclavo, no es menos esclavo el victimario, aquel que desde niño recibió la consigna y el aleccionamiento para dedicarse a ser “padrote” y crecer esperando el momento de conseguir su primera víctima y mediante el enamoramiento acercarse a adolescentes vulnerables por su situación familiar que quedan deslumbradas y luego obligadas a venderse. El victimario se convierte el esclavo que esclaviza porque vive una miseria moral que lo lleva a ver a la mujer simplemente como instrumento de trabajo y a desconocer su dignidad de persona y de hija de Dios.

Muchos pendientes quedan por atender por todos los actores sociales incluida la Iglesia tanto en los espacios populares en los que dice el Papa: “Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración. En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas”. El relajamiento moral que nos lleva a la miseria moral está presente en todos los ámbitos aunque su principal caldo de cultivo lo son las ciudades, tal como afirma el Papa:” No podemos ignorar que en las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen”. Ojalá nos esforcemos en atender esta miseria moral que ha debilitado nuestra sociedad y sigue