Se hizo pobre
10 de marzo - 2014

Por Pbro. Ranulfo Rojas Bretón

Al inicio de la cuaresma el Papa siempre manda un mensaje que permita a los cristianos dirigir todo el camino pedagógico de la preparación para la Pascua de Resurrección. De por sí, cada año se nos invita al arrepentimiento y a la conversión. El miércoles de ceniza nos recuerda que somos polvo –tierra- y al polvo volveremos. Teniendo conciencia de nuestra limitación y de lo que realmente somos, si queremos vivir la vida nueva de la pascua, entonces tendremos que purificarnos de todo aquello que impida vivir la luz pascual, por tanto, tenemos que desechar las sombras y nuestras oscuridades, pues si somos polvo no tenemos mucho de qué presumir y ya que la vida la tenemos porque Dios nos dio el soplo vital, entonces podremos vivir nuestro camino cuaresmal como un itinerario de retorno a la Casa del Padre, donde estamos seguros que lo encontraremos con los brazos abiertos y diciendo: “tu hermano estaba perdido y lo hemos encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

Durante la cuaresma se nos invita a “volver a Dios” de todo corazón, con oraciones, con ayunos; a cambiar nuestro modo de ser, incluso no se trata solo del aspecto moral, o sea, de nuestra conducta. Es posible vivir el camino cuaresmal desde el modo como nos percibe la gente. Isaías dice: “cuando destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva”. Durante la cuaresma sería un buen momento para vernos al espejo y checar que nuestras actitudes ácidas, intolerancias y agresivas en lugar de ayudarnos nos perjudican. Tal vez queremos acercarnos a la familia o ser nosotros mismos los que queramos unirla pero nuestro modo de comportarnos con los demás en lugar de acercarlos los alejen, y huyen de nuestra presencia o “ni modo” tengan que aguantarnos porque “no les queda de otra”, pues ni modo que el hijo pequeño adolescente se vaya de la casa, o la hija no salga con el papá aunque tengan que sufrir con su presencia y es que realmente nuestra actitud de amargura, de estar molesto por todo e insoportable, hacen que los demás, los que no se puedan zafar de nuestra presencia, tengan que sufrirla y en lugar de pasar un momento familiar grato, lo sufran. La cuaresma es una invitación positiva a promover relaciones sanas, afectuosas, a disfrutar a la familia aunque eso provoque que deba quedarme callado ante algunas cosas que no me gustan o que “no van conmigo”, que tenga que ejercitar la paciencia para “no hacer panchos” y echar a perder una buena comida, una salida al cine, una tarde de tele, una fiestecita con otros parientes.

También es una invitación a mirar hacia el “otro” especialmente el más necesitado: “cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado”. La cuaresma es la gran oportunidad de salir de sí mismo y reconocer que si bien tengo muchas necesidades y “voy al día”, hay gente que me dice: “quítate que hay voy” porque tiene menos que yo, carece de más cosas básicas que yo, está más desprotegido y no puedo ser indiferente a sus necesidades, por más que vivamos en una sociedad en la que la lucha se ha vuelto tal que “cada quien se rasca con sus uñas” o “cada quien para su santo”. Sin embargo, por más indiferente que me quiera hacer, la voz del otro siempre estará tocando a mi puerta y no podré acallar la voz de mi conciencia que me reclama como Dios le reclamó a Caín: “¿Qué has hecho con tu hermano?”.

Por eso en el mensaje cuaresmal del Papa insiste en la responsabilidad de hacer algo ante la miseria de los demás. Dice el Papa: “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual.

La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad.

En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.

Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza!”.