Recuerda que eres polvo
3 de marzo - 2014

Pbro. Ranulfo Rojas Bretón

El inicio de la cuaresma se marca con el sacramental de la ceniza. Existe una cultura cristiana –afortunadamente- que impulsa a acercarse a este día a recibir un poco de ceniza sobre la cabeza y escuchar la frase: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” o bien “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”. Recibir la ceniza es una práctica que expresa penitencia. Por ejemplo en el libro de Jonás nos recuerda la predicación de este profeta que fue tragado por el monstruo marino y después de tres días, depositado en las playas de Nínive para comenzar una predicación a la cual se resistía: “dentro de cuarenta días Nínive serpa destruida” anunciaba el profeta.

Los Ninivitas creyeron en su predicación y el rey ordenó un ayuno de todos y ponerse ceniza sobre la cabeza, con la fe en que Dios los perdonaría y no fueran destruidos.

Job, después de perder hijos, sirvientes, rebaños y cosechas se sienta sobre ceniza y se llena la cabeza de ceniza en señal de penitencia. Joel también invita a vestirse de sayal –especie de vestidura tipo costal- y llenarse la cabeza con ceniza.

La ceniza se obtiene después de quemar objetos y lo que queda es llamado así ceniza. Por eso se asocia con la humildad que es el reconocimiento de lo que somos y tenemos, es el reconocimiento de que somos tierra o ceniza y algún día volveremos a serlo. Este hecho nos hace recordar la creación del hombre por parte de Dios que toma un poco de tierra, hace lodo y forma a un ser humano al que le sopla en la nariz y le da vida.

Algún día dejaremos de recibir el soplo divino y volveremos al polvo, tal como nos recuerda el libro del Eclesiastés: “vuelve el cuerpo a la tierra de donde salió y el espíritu regresa a Dios de donde salió”. El término humildad tiene su etimología en “humus” que significa tierra, de ahí que cuando decimos que alguien es humilde, lo es porque reconoce que solo es “tierra” “polvo” y por tanto, no tiene de qué presumir. El que alguien incline la cabeza para recibir ceniza sobre su cabeza y con ello recuerde que es tierra y que algún día a la tierra volverá lo hace colocar los pies sobre la misma y reconocer que solo es parte de ella y que si vive es porque Dios le da la vida.

Si yo soy consciente de lo que soy, entonces también tengo las oportunidad de reconocer que hay cosas que he hecho y que no debería haber realizado, acciones que llamamos pecado porque se tratan de actos que rebasan los límites de mi razón, o de mis convicciones y que creyendo que eran lo mejor para mí las realicé. Ahora, después de examinarme en conciencia me doy cuenta de que estaba equivocado y de que fallé con el pensamiento porque cuando llegaban a mi mente pensamientos equivocados en lugar de intentar desterrarlos, los consentí y alimenté fantasías de diverso tipo que atentaban contra las demás personas.

También fallé de palabra. Sabemos lo importante que es la palabra y debiendo expresarla para cosas buenas, para buscar el bien, para ayudar, para enseñar, corregir, consolar, para enaltecer, dediqué la palabra a destruir. El apóstol Santiago dice que el hombre ha sido capaz de dominar a muchos animales, pero que pocos logran dominar la lengua, que es un órgano pequeño pero que es más peligroso que una pequeña flama que puede incendiar un bosque y causar estragos. Pues la palabra también puede ofender, agredir, dañar a las personas y por eso el humilde reconoce que ha fallado con la palabra. También reconozco que he fallado de acción, porque no solo de pensamiento o de palabra se falla.
También lo podemos hacer con las acciones que hacemos, de hecho son las fallas más comunes. Debiendo disponer de mis capacidades para el bien, resulta que hago todo lo contrario. Peco de pereza, de envidia, de lujuria, de ira, de gula, de avaricia, de soberbia, por citar los siete pecados llamados capitales. Pero también podría citar cada uno de los diez mandamientos y seguro que reconoceré fallas en contra de Dios y del prójimo.

Finalmente se peca también de omisión, cuando debiendo y pudiendo hacer algo, simplemente me desentiendo de los demás y doy la espalda a quien espera de mí. La atención al prójimo es una obligación y tal vez me pregunte ¿Y quién es mi prójimo? El Papa Benedicto XVI afirma: “prójimo es aquel que está cerca de ti, que tiene necesidad de ti y tú puedes ayudarle”. Si no lo haces cuando podrías hacerlo, entonces pecas de omisión.

El recibir la ceniza es darnos la oportunidad de reconocer como dice el profeta Joel que: “aún es tiempo, si volvemos a Dios de todo corazón, seguro que él se apiadará de nosotros y nos perdonará”. Recibir la ceniza es un golpe a nuestra soberbia que nos hace creer que no tenemos por qué doblar la rodilla y que no hemos hecho cosas que merezcan llamadas de atención y menos de parte de Dios. Pero es una forma de decirle a Dios: “Señor me has hecho para el bien, para bendecirte en cada una de tus obras y para reconocer tu presencia especialmente en mis hermanos, por eso, al no cumplir como debía, hoy recibo la ceniza y me arrepiento de todo. Pero sé que tú eres bueno, que siempre perdonas al pecador arrepentido y le das la fuerza para volver al camino del bien. Al recibir esta ceniza te digo que haré el esfuerzo de vivir con alegría mi conversión y día a día tratare de escuchar tu Evangelio y vivir como quieres que viva”.

La ceniza es uno de los signos más impresionantes de la antigüedad porque está asociada a la muerte. El término mortificación viene de “mors” (muerte) y del verbo “facere” (hacer) de ahí que mortificación significaría algo así como hacerse a uno mismo la muerte, o darse muerte. Con la ceniza yo quiero dar muerte en mi vida a aquello que me impide ser como quiero ser, no solo de vivir como Dios quiere que viva sino como yo mismo me doy cuenta de que debería vivir. Porque Dios me ha dado conciencia y ella me hace tener presente mis principios y valores a los que yo fallo cuando equivoco el camino.

La ceniza es un signo de humildad y no debiera darnos pena recibirla y no porque nos traten de “mochos” sino porque debería ser un orgullo el reconocer que así como me equivoco, así tengo la capacidad de reconocer mi deseo de “tirar pa´lante” como dicen los taurinos y no me da vergüenza sino satisfacción saberme en camino de mejoría. Así que el miércoles de ceniza: “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. También recuerda que es día de ayuno, o sea, día en que nuestro alimento debe ser tan poco que nos haga sentir hambre todo el día porque eso nos hace recodar que: “no solo de pan vive el hombre”. Y también es día de abstinencia por tanto, día de no comer carne ni de pollo, ni de cerdo, res, etc., solo está permitido el pescado o los mariscos pero tampoco es obligatorio consumirlos. Además no debemos olvidar al profeta diciéndonos: “enluten su corazón y no sus vestidos”, pero un buen ayuno y la abstinencia no nos caerán mal.