Fin del Tiempo
29 de diciembre - 2013

ranulforojascolumna23

P. Ranulfo Rojas Bretón

La llegada del fin de año siempre genera reflexiones. ¿Qué hice bien? ¿Qué hice mal? Hace que el tiempo se detenga y así como viendo un carrete de película antigua ir siguiendo paso a paso los eventos del año, especialmente los más significativos, para bien o para mal.

Aparecerán los momentos muy gratos, encuentro con alguien, celebraciones personales o familiares, logros académicos o laborales, en fin, todo aquello que marcó la vida y que está aquí presente en estos momentos y que nos saca una sonrisa tan solo al evocar esos momentos.

También aparecerán lamentablemente todos los momentos tristes, separaciones, fracasos, pérdidas, muerte, distancias, enfermedades, rupturas, todas estas situaciones que nos hicieron llenar los ojos de lágrimas y sin vergüenza lloramos como niños –o como grandes porque los grandes también lloramos- y buscamos el refugio de brazos amigos o de quien nos quiere, esperando el consuelo necesario. ¡Benditos esos brazos que nos arroparon en esos momentos! ¡Benditas las caricias que hicieron que esos momentos pasaran más rápido y que no hicieran tanto daño!

El fin del tiempo también nos hace más espirituales, nos damos cuenta que somos contingentes, es decir, que estamos en el mundo y que igual podemos ya no estar, por eso tomamos conciencia de que nuestra vida es efímera “somos como la flor que por la mañana aparece y por la tarde se seca y desaparece” y sin embargo, hay un deseo de trascendencia, hay en lo íntimo de nuestro ser una rebeldía que nos dice: tú no eres mortal, tienes un cuerpo que se acaba y que muere, pero estás llamado a la inmortalidad. Después de que tu cuerpo se quede, de que “vuelva al polvo de donde salió”, tu espíritu “regresará a Dios de donde salió”. Pero tu cuerpo estará esperando volver a vivir, algún día resucitará tal como lo confiesas en tu fe: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén”. Ese amén te hace levantar la mirada hacia lo alto en busca del artífice de la creación, el verdadero arquitecto de tu historia porque “tú me sondeas y me conoces, conoces cuando me siento o me levanto. Desde lejos observas mis caminos, todas mis sendas te son familiares. Aún no llega la palabra a mi boca y ya sabes lo que voy a decir”. La búsqueda de Dios es más sensible en estas fechas. No por nada nuestras iglesias se llenan. Ahí el creyente ofrece la gratitud a Dios por todo lo pasado y la buenaventura para lo que habrá de venir –Si Dios Quiere-, porque sabe que “no se mueve la hoja del árbol, no cae el cabello de la cabeza si no es por voluntad de Dios”.

El fin del tiempo anual también nos hace sensibles al afecto, sentimos a la familia, sentimos a los amigos, sentimos fraternidad para con todos los que nos rodean. Nos hermanamos con el universo que con gemidos inenarrables sufre esperando la redención. Gracias Dios por hacernos experimentar el tiempo porque “Tuyo es el tiempo y la eternidad, a Ti la Gloria y el poder por los siglos de los siglos amén”. Gracias por permitirnos estar en el tiempo y disfrutar del fin del tiempo y si tú quieres, si tú lo permites, también disfrutaremos del año nuevo. ¡Bendito seas Dios!