Cuento de Navidad
22 de diciembre - 2013

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P. Ranulfo Rojas Bretón

Érase una vez una familia que vivía en las montañas. Cada mañana el papá salía a cortar leña y a cuidar unos sembradíos mientras que dos hermanos cuidaban un pequeño hato de borregos.  La mamá en la casa se afanaba en los quehaceres del hogar ayudada de la pequeña Marisol.

Luis y Pedro que así se llamaban los niños, se juntaban con otros pastorcitos y uniendo sus pequeños rebaños recorrían algunas colinas buscando los mejores pastos para alimentar a sus ganados. Mientras los animales pacían, los perros ovejeros estaban atentos al movimiento de ellos y los niños se divertían jugando fútbol.

Tan entretenidos estaban que no se dieron cuenta que arribaba un jovencito de rasgos diferentes a los de ellos. Cuando llegó cerca de ellos los saludó con alegría y todos voltearon extrañados, ¿Quién será este muchacho que les habla con tanta familiaridad y que ellos no conocían? Tal vez les caiga de sorpresa pero soy un Ángel del cielo. ¿Un Ángel? Le contestaron. ¿Qué no los ángeles tienen túnicas y alas además de cabellos largos? Ja ja ja no, -les contestó el Ángel- en realidad así nos representan porque nosotros somos espíritus y pues los espíritus no tienen cuerpo y no necesitan ni ropa ni alas.

Bueno, pero entonces ¿Qué hacen los ángeles? –preguntaron los niños- Miren, -contestó- los ángeles tenemos la encomienda de cuidar a los hombres, de hacerles llegar los mensajes de Dios.

Seguramente se habrán dado cuenta de que cuando uno de ustedes quiere hacer algo malo como por ejemplo, tomar un borreguito que no es de su rebaño ahí en la intimidad de su corazón hay una vocecita que les dice: “no lo hagas”. ¿Si han escuchado eso? Todos contestaron a coro: Siiiiiiiii. Bueno pues esa voz es la nuestra y el mensaje es de Dios.

Pero y si eres espíritu entonces ¿Por qué si te podemos ver? –le preguntaron- Ahhh es porque hoy Dios me dio permiso de dejarme ver para poder darles un mensaje a todos. ¡A todos! Y ¿qué mensaje? -Le preguntaron-. Bueno –dijo el Ángel- no olviden que ya se acerca la navidad. Nooooo -contestaron todos-, no lo olvidamos ya hasta tenemos nuestro nacimiento y adornamos el arbolito de navidad. Pusimos muchos borreguitos de barro y gallinas y pavos y vacas, muchos muchos animalitos.

Bueno, -dijo el Ángel- esta navidad debe ser muy especial porque ustedes los niños tienen que comprometerse a que cuando arrullen al Niño Dios y lo tengan en sus manos, en ese momento piensen en todos los niños a los que les faltan manos que los arrullen, piensen en esos pequeños que sufren de abandono y de los que ya no tienen a sus papás. Y que ahí cuando pongan al Niño Jesús entre la Virgen María y San José, les den gracias por tener una familia. En ese momento, volteen y vean a sus papás y a sus hermanos y dirijan su mirada a las figuritas de la Sagrada Familia y díganle a Dios: Gracias por mi familia y te pedimos por todas las familias del mundo, que reine la paz y el amor. ¿Lo van a hacer?- Preguntó el Ángel- y Todos gritaron: Siiiiiii. Está bien Dios confía en ustedes y ahora apúrense porque sus borregos ya se están desperdigando. Ellos voltearon hacia sus rebaños y ya se habían dispersado mientras los perros ladraban tratando de volverlos a juntar.

Cuando se buscaron al Ángel ya no lo encontraron. Ellos se miraron sorprendidos y recordaron el compromiso que habían hecho con el Ángel. Todos regresaron contentos a sus casas. Pedro y Luis le platicaron a su papá, a su mamá y a su hermana lo que les había pasado y se abrazaron agradeciendo a Dios que les hubiera mandado su Ángel. Antes de dormir los tres hermanitos se arrodillaron y juntando las manos rezaron: “Ángel de mi guarda mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Y se durmieron soñando con lo que les había pasado. FIN.
Ojalá todos los niños y niñas hagan el mismo compromiso que les pidió el Ángel a estos pastorcillos y no olvidemos a todos los desamparados. Bueno en realidad, también los grandes lo podemos hacer.