Ecos del pasado
26 de mayo - 2013

P. Ranulfo Rojas Bretón

No hay fecha que no se cumpla ni plazo que no se venza y por fin llegó la fecha de celebración de los 25 años de vida sacerdotal. Y si bien día con día debe ser una fecha de celebración y día con día se cumple un tiempo, el que haya fechas claves en la vida del hombre hace que deje de ser rutinario su paso por esta vida.

El recuerdo de los acontecimientos sirve como trampolín para el mañana. Recordar la fecha en que uno nació, así como para los católicos el recordar la fecha del bautismo y algunas otras fechas claves como el día de la graduación, el día del matrimonio, o el día de la ordenación sacerdotal, sirven de oportunidad para renovar los compromisos. Sirven como oportunidad de volver a empezar.

Recordar que hace 25 años, estando en la Diócesis de Tula, Hidalgo, llegaba a la Catedral y ahí en una ceremonia hermosa recibía el presbiterado –segundo grado del sacerdocio- de manos de Mons. José Trinidad Medel Pérez, obispo de esa Diócesis, me vuelve a poner la piel chinita. Había casi cumplido un año de estancia en aquella Diócesis, apoyaba en la formación de los alumnos del seminario menor de Tula. Algunos de aquellos adolescentes ya son sacerdotes. Quién iba a pensar que aquellos jovencitos que llegaban de comunidades del Valle del Mezquital, que recelosos iban compartiendo su vida con otros jovencitos que llegaban de pueblos desconocidos para muchos de ellos al paso del tiempo se convertirían en parte importante del clero de esa Diócesis. La cultura otomí tiene sus características y de la convivencia con aquellos seminaristas fui aprendiendo sus valores.

La catedral de Tula, tiene una presencia imponente, antiguamente fue convento franciscano, aún conserva su claustro, sus almenas tipo castillo medieval y después de la renovación litúrgica promovida por el primer obispo de esa Diócesis, Don Jesús Sahagún, presenta cambios muy significativos que a muchos gustan y a otros no. Ahí en esa catedral, recibí por la imposición de manos del obispo, el orden del presbiterado. Aún recuerdo que ese día era viernes, y asistieron los equipos de pastoral vocacional que atendíamos en varias parroquias de la Diócesis. Asistieron algunos alumnos de la escuela preparatoria “Teresa Martín” a donde iban a clases los seminaristas y escuela en la que comencé mis pininos en la enseñanza. Vaya que sufría cuando iba a dar clases, pues los nervios me llegaban a traicionar. De eso ya hace un poco más que 25 años.

Al ser un viernes, pudieron asistir sacerdotes de la Diócesis de Tlaxcala y por supuesto varios familiares que llegaron hasta esa ciudad para acompañarme en ese momento especial. Amigos sacerdotes de la Diócesis de Tula, también estuvieron presentes e hicieron de la ceremonia un convivio fraterno.

Hacía mucho que no había llovido con la intensidad que llovió esa tarde, incluso los autobuses en los que llegaron familiares y amigos, tuvieron que detenerse a la orilla de la carretera por temor a sufrir un accidente. Pues bien, ya han pasado 25 años y aún hay ecos de ese día tan especial, vivido en las tierras de Quetzalcoatl y ahora recordadas en las tierras del gran Tlahuicole.