Contrastes
12 de noviembre - 2012

Gerardo Orta

Contrastes de emoción y desencanto provocó el poco encastado y parchado encierro que se presentó en la Plaza de Toros Jorge “El Ranchero” Aguilar de Tlaxcala. Leonardo Hernández se llevó la tarde al cortar dos orejas con sus toreros caballos.

Diego Silveti estuvo en plan maestro con el tercero de la tarde, y José Mauricio, quiso, pero su elegancia no lució con los toretes que le tocaron en suerte.

En una tarde agradable, sin viento y con mucho sol, partieron plaza los tres toreros –uno  de ellos a caballo– en marco de una gran expectación por ver un cartel novedoso, juvenil y eso sí, con mucho arte.

Para mala fortuna del espectáculo, del espectador y de la tarde, la lidia a pie no tuvo sus mejores momentos, solo uno toro fue el que arrancó los olés más profundos de la afición tlaxcalteca.

Leonardo Hernández, rejoneador español que hizo su presentación en Tlaxcala y apenas la segunda en tierras mexicanas, trajo artistas caballos con los que ejecutó las suertes básicas del rejoneo, sin adornos excesivos y con soltura toreó al primero de la tarde, de nombre “Don Emilio” del hierro de Fernando de la Mora.

Cairel, Verdi, Quieto y Travieso, fueron los primeros caballos que mostró a la afición, con los que toreó con garbo. Clavó banderillas ligeramente traseras a su toro y desafortunadamente no pudo matar montado en el caballo, bajó de la cabalgadura y tras varios intentos de descabello, logró finiquitar su labor con el primero.

Un toro que por cierto, fue un colaborador en todo momento y con buen recorrido. El torero lo dejaba donde quería y el bicho siempre fue al caballo; a la postre arrancó los aplausos de la asamblea.

Ya con el segundo, Leonardo Hernández no varió las suertes, se ve que es educado a la fina escuela caballera. El cordobés presentó al caballo Templario, marcado con el hierro de Pablo Hermoso de Mendoza, con el que ejecutó vistosas piruetas en la cara del toro y pegado a tablas, instantes que emocionaron al público que le reconoció en todo momento la labor.

El segundo toro se llamó “Cascabel” al cual le cortó las dos orejas del triunfo, pese a que clavó el rejón de muerte trasero y en mal sitio. Pocos notaron la pifia. Sin embargo el toro dobló rápidamente casi frente a la puerta de cuadrillas, allá en la división de sol y sombra.
Leonardo Hernández dejó buen sabor de boca gracias a los buenos colaboradores que lidió, los dos toros de Fernando de la Mora con kilos, los cuales en ningún momento les pesaron en el ruedo. Al morir el segundo toro, el ganadero compartió el triunfo con el cabaleiro español.

Mauricio elegante pero sin suerte

Quien no tuvo suerte con su lote fue el capitalino José Mauricio, pese a la prestancia que le caracteriza al pararse frente a la cara de los toros, en esta ocasión en la “Ranchero” Aguilar quiso pero no pudo.

Con el primer toro, “Ranchero” de Montecristo se dejaba ver el mal presagio. El toro no gustó a los tendidos que lo pitaron hasta que lograron que el juez lo regresara a los corrales cuando el animal ya había sido picado.

Salió entonces “Emocionado”, pero el toro no tenia nada y no logró “emocionar” a la asamblea por su tranco descompuesto. De tanto intentar, el torero solo logró sacar una tanda corta de tres derechazos bien templados, rematando con el de pecho. Fue todo.

Con el quinto de la tarde, “El Maco” de la ganadería de José María González, el capitalino solo dejó ver el sitio que tiene al momento de saludar al toro con bonitas verónicas pegado a tablas. Después de la suerte de varas, el toro se desplomó, se le acabó el gas, y el quinto sí resultó malo, en contraste con la ya famosa frase que aplica mucho en los toros “no hay quinto malo”.

A José Mauricio se le agradece el querer agradar, el torero tiene personalidad, elegancia, tiene arte. No fue su tarde, pero la gente conocedora supo reconocer su esfuerzo al sacarlo a saludar al tercio.

Torero de estirpe

Diego Silveti llegó, quizás, con la mayor de las responsabilidades al ruedo tlaxcalteca. Después de haberla armado en la Plaza México en la tarde la inauguración de temporada, el torero de dinastía se mostró en Tlaxcala como torero caro.

Para mala fortuna de la concurrencia, el gusto duró muy poco, solo un toro.

Diego lanceó con elegancia al primero de la tarde, “Guantero” de Montecristo. Ejecutó el pase fundamental del toreo con el capote, –la verónica– y remató con una elegante y pinturera media en medio de las rayas del tercio.

Ordenó un castigo breve a su toro y lo pasó con dos pares de banderillas. El toro llegó entero al último tercio.

Diego lo sacó a los medios para comenzar la faena que prometía. Comenzó con derechazos y con la mano baja. Tanto bajaba la mano que el toro le pisó la muleta en dos ocasiones, en una de ellas, le rompió el estaquillador.

El torero le habló en todo momento a su colaborador, lo trató con mimo, se gustó frente al toro negro zaino. Mostró detalles pintureros, toreros y con clase.

Desafortunadamente falló con la espada a la hora de la verdad. Diego se tiró a matar pero pinchó y tuvo que descabellar en varias ocasiones.

A pesar de ello contó con el aplauso del público con el que conectó de inmediato gracias a su personalidad, simpatía y elegancia.

Con el segundo en suerte, Diego no pudo, incluso se le vio exagerado de detalles sin la muleta con los cuales intentó alborotar el cotarro. “Torea para la gente” le gritaban sus acompañantes españoles desde el callejón.

Ante las pocas condiciones del toro “Rey David” de José María González, el torero guanajuatense intentó por los dos lados pero por ambos protestaba el toro al salir del engaño. El bicho mostró recorrido descompuesto y desarrolló genio muy pronto.

La tarde de toros la salvó el rejoneador Leonardo Hernández y Diego Silveti con el tercero de la tarde. Desafortunadamente, otra vez se parchó el encierro que originalmente había sido anunciado de la ganadería de José María González, quien sí mandó toros, pero fueron los peores de la tarde, junto con uno de Montecristo.

He insistido en la necesidad de que la Plaza de Toros de Tlaxcala requiere de respeto al presentar las corridas, pues de lo contrario, no dejará de ser una plaza de poca trascendencia en los círculos taurinos nacionales.